Del 2030 al Plan Nacional de Desarrollo
Marcos Chávez M.*
El Proyecto Visión 20-30, el México que queremos, y el Plan Nacional de Desarrollo (PND) se caracterizan por ser documentos insustancialmente pretenciosos. Se basan en una visión deliberadamente parcial de México. Su diagnóstico es aséptico y esconde el alto grado de destrucción política, económica, social y ambiental que ha sido sometida la nación, por las formas más salvajes de la acumulación de capital desde que se entronizó el proyecto neoliberal (1982), y que el fundamentalista religioso Felipe Calderón (FC) llevará hasta sus últimas consecuencias, luego de usurpar el poder.
El país delineado es inexistente. Una ilusión, aun cuando describe superficial y desordenadamente algunos de los rasgos cuantitativos que manifiestan pálidamente atraso de México y que, cualitativamente, lo equiparan a los peores países víctimas de la plaga neoliberal, que lo condenan al perpetuo subdesarrollo, mientras no se arroje al basurero de la historia ese proyecto de nación. En su inodora percepción, FC fantasea que en México se “consolida la democracia” y se “abre paso una etapa de modernidad en diversas áreas de nuestra vida”, (PND, p. 12). En esa lógica, lo que queda es planear el futuro mediato (año 2030): más democracia, el imperio de las leyes, el crecimiento económico, la inclusión social, el bienestar o el manejo sustentable de los recursos naturales, que nos convertirán en una nación orgullosa, respetada mundialmente y digna de ser invitada a participar en el banquete del selecto club de los países desarrollados, que margina a la mayoría de los menesterosos, los cuales, a regañadientes, se ven obligados a resignarse a sobrevivir explotados y con las sobras arrojadas desde las metrópolis capitalistas.
Para FC sólo bastará que 70 millones de mexicanos pobres y miserables (pudorosamente, quizá para tranquilizar las conservadoras conciencias, católicas y neoliberales, FC los estima en 18.9 millones, aunque en realidad son alrededor de 40 millones) tengan un poco más de paciencia y esperen hacia el año 2030 para que, una vez que las mezquinas ubres del neoliberalismo derramen sus beneficios sociales hacia abajo, puedan alcanzar ese mundo idílico. Mundo que, por cierto, ya disfrutan desde la década de 1980 alrededor de 20 millones de personas, las mass media y la casta divina neoporfirista, la oligarquía —ésta desde siempre—, conformada esta última por unas mil familias, de 25.7 millones de hogares que existen en México. ¡Lástima de aquellos que fenezcan en las puertas del paraíso, antes de que el glamoroso sueño calderonista se vuelva realidad!
El P-2030 y el PND tienen un supuesto básico: la “modernización” neoliberal ha sido exitosa, por lo que debe continuarse y profundizarse. Los defectos son perfectibles. Por ejemplo, ante la mediocridad económica en que se encuentra hundido el país, propone un crecimiento socialmente infecundo de 5 por ciento hacia el año 2012 y la creación de 900 mil empleos anuales, pese a que se requieran más de un millón, la economía tenga que expandirse a un ritmo del orden de 6-7 por ciento cada año. En materia salarial guarda un sospechoso silencio.
Con la “modernización” neoliberal, el país registre el peor de sus desempeños desde la revolución de 1910-1917 y la crisis mundial de 1929. Entre 1982 y 2006 la tasa media anual real de crecimiento fue de 2.4 por ciento y la del producto por persona de 0.9 por ciento, datos que contrastan con los registrado en 1939-1982: 6.1 por ciento y 3 por ciento. Aun cuando FC alcanzara su meta, dichos indicadores para el ciclo neoliberal (1983-2012) apenas mejorarían a 2.8 por ciento y 1.3 por ciento. La paradoja es que con la “modernización” se ha recibido la mayor entrada de divisas en la historia nacional que han sido desperdiciadas. Sólo entre 2000 y 2006 se recibieron 139.9 mil millones de dólares (mmd) por las exportaciones de hidrocarburos y 91.8 mil millones por las remesas enviadas por los trabajadores mexicanos radicados en Estados Unidos (EU). El crecimiento, empero, fue mediocre. Eso sin contar que el neoliberalismo ha sido ferozmente contaminante y destructor de los recursos naturales, en nombre de la “competitividad” y la rentabilidad privada del capital, con la complicidad de los gobiernos priísta-panistas. “Técnicamente” a ese proceso se conoce como “mercado libre”, “optimización” del uso de los recursos, “ética” empresarial, retiro del Estado Leviatán responsable de todos males.
Ante esa situación, es natural que la economía perdiera su capacidad para generar empleos. Entre 1983 y 2006 más de 14 millones de personas buscaron por primera vez un puesto laboral formal y no lo encontraron. Por ello, México se convirtió en un alegre exportador de carne humana barata hacia EU, ya que antes de aceptar la pobreza y la miseria a la que son condenados por los tecnócratas, la población prefiere arriesgar su vida y convertirse en esclavos asalariados en aquel mercado. Los mexicanos que se fueron a radicar definitivamente a EU pasaron 1.2 millones a 1.6 millones entre 1970 y 1980. Entre 1980 y 1990 el número se elevó de 2.1 millones a 2.6 millones. Entre 1990 y 2000 aumentó a 3.3 millones, ritmo que se mantendrá en esta década, con los gobiernos panistas. Los trabajadores temporales hacia EU subieron de 269.9 mil anualmente en 2000-2001 a 599 mil en 2002-2003. La suerte de los que se quedaron es deplorable. El 27 por ciento de la población económicamente activa sobrevive en la precaria “informalidad” (11 millones de personas). Tres millones o más, y no los 1.7 millones reconocidos con la deficiente contabilidad del INEGI, están desempleados. A 22 millones les roban sus prestaciones sociales. Los salarios reales de las mayorías son similares a los pagados a principios de la década de 1950.
Aunque el primer gobierno panista fue una pesadilla para las mayorías, FC lo trata amablemente. En 2001-2006 la producción media anual fue de 2.5 por ciento y el producto por persona de 0.6 por ciento. 6.4 millones de personas que no encontraron un empleo formal. Políticamente, el foxismo fue ineficaz y corrupto. Gobernó con las peores formas del presidencialismo priísta: el despotismo, el control corporativo de los poderes legislativo y judicial y las organizaciones sociales, la violación de la Constitución y cuantas leyes secundarias se interpusieron a su paso. Aceptó el vasallaje humillante frente al baby Bush. Además, encabezó a la jauría que aspira imponer el estado clerical.
Para ejercer el poder, los gobernantes priístas aplicaron el parricidio político a sus antecesores, para decirlo con las palabras de Hans Magnus Enzensberger. (Política y delito, Anagrama, 1987) FC trata de evitar el banquete totémico, debido al criminal acto político original: se apoderó de la Presidencia merced gracias al golpe de Estado instrumentado desde los laberintos del poder, Los Pinos, no de Roma sino donde moraba Fox, y las elites dominantes. FC no ganó electoralmente el derecho a gobernar. Como Fox y los priístas, FC trató de comprar la corona al violar descaradamente las leyes electorales y como esto fue insuficiente tuvo que robarse la corona. Pero la disputa por el poder entre las tribus de la derecha primitiva le está obligando a cometer el “primer crimen” y devorar a su progenitor.
Ésa es la “democracia” que se consolida, según FC.
¿Qué propone FC con su P-2030 y el PND? Un México de escenografía. Nos recetará una dosis adicional de neoliberalismo en lo económico. Mayor desmantelamiento de las instituciones de bienestar y más óbolos asistencialistas en lo social. Más despotismo, sumisión legislativa y judicial, mano dura militar y conservadurismo clerical ante las demandas ciudadanas (por ejemplo ante el aborto) en lo político. En lugar de “gobernar a la multitud en mayor medida que era gobernado por ella” (como lo hizo Pericles, según Tucídides), como un estadista, FC lo hace para las elites que lo encumbraron, se comporta como un político demagogo, apasionado, arrogante, de miras estrechas.
La estrategia sexenal de FC es un ejercicio insustancial, inútil, profuso, confuso y difuso. Ella muestra graves carencias para ser un plan de desarrollo. Carece de objetivos y metas de corto y mediano plazo que modelarán una ruta crítica de los programas y las políticas públicas globales y sectoriales, que permitirían evaluar su avance en el tiempo. No muestra los instrumentos que se emplearán para cumplir los fines propuestos. De gesto normalmente crispado, FC súbitamente se volvió en un sarcástico ocurrente: en lugar de compromisos definidos optó por el simpático “método Fox”: agitar las zanahorias del crecimiento sustentable, bienestar, equidad, dignidad, justicia y democracia para la posteridad, el año 2030, cuando él no sea más que un amargo recuerdo, otra anomalía histórica. FC sabe que las mayorías las quieren disfrutar ahora y no después de muertos.
Un programa como ese tiene sus ventajas. Sin compromisos reales nadie podrá reclamarle el incumplimiento de la palabra no empeñada. Nadie podrá decir si es o no un sexenio fracasado. En cambio, cualquier éxito, por nimio que sea o inventado, será oficialmente festejado, con pompa y circunstancia. Pero FC no podrá evitar el “síndrome priísta” (la única excepción es Lázaro Cárdenas, que crea el primer plan sexenal): que su P-2030 y su PND quedarán como testimonios históricos vergonzosamente inocultables. Como una llaga de sus cínicas falacias.
Pueden señalarse dos razones de fondo. Si es un gobierno ilegal e ilegítimo, dado el sucio proceso electoral, FC puede suponer razonablemente que no tiene que rendirle cuentas a nadie, más que a quienes lo encumbraron. En lugar de borrar su turbio origen, por medio de la búsqueda inmediata de lo que ofrece para el futuro (que supone el reinado de mil años de la derecha confesional), prefiere distanciarse aún más de la sociedad, militarizar anticonstitucionalmente la vida nacional y crear organismos especiales. Al criminalizar el problema del narcotráfico y no atacarlo como un fenómeno económico y sociopolítico, lo que, inevitablemente, llevará su cruzada al fracaso, prepara su verdadera guerra: la eventual represión de los descontentos a su mandato impuesto a la fuerza. FC no aspira a ser un gobernante demócrata y tolerante. Se prepara para la satrapía.
¿Para que planear si ello guarda el tufo de intervencionismo estatal que los neoliberales como FC y su pandilla combaten rabiosamente? Ellos son creyentes fieles del dios “mercado libre” y su “mano invisible” que, inescrutablemente, se encarga de asignar eficientemente los recursos productivos, a través del mecanismo de los precios, de la oferta y la demanda. Richard E. Feinberg, que es o era director de estudios del Overseas Development Concil, y que trabajó como economista en el Departamento de Estado y el Tesoro estadounidenses, señaló: “la economía neoclásica [la base de la preparación de nuestros neoliberales] es fundamentalmente un ejercicio de comparación estadística; carece de una teoría sólida sobre el crecimiento dinámico.”
Si la teoría les niega la posibilidad de la planeación, que exige la presencia del estado, la ideología y los intereses políticos clasistas motivan a nuestros neoconservadores a limitar su función al papel de simple “vigilante nocturno” del mercado y la acumulación privada de capital. El uso de la planeación keynesiana-estructuralista, a principios del siglo XX, fue resultado de la quiebra del laissez-faire, laissez-passer durante la recesión mundial de 1929. Keynes demostró que el “mercado libre” es incapaz de lograr el equilibrio económico, el crecimiento y el pleno empleo. Destruyó el mito de la armonía entre el interés público y el interés privado, la piedra angular del liberalismo decimonónico. Evidenció que los individuos aislados para alcanzar sus fines son demasiado ignorantes o demasiado débiles para alcanzarlos. La economía mixta, la intervención estatal, la planeación y la regulación de los mercados, entre otros aspectos, es resultado de tal raciocinio. Ellos rigieron al capitalismo entre la década de 1920 y principios de 1980, hasta que la contrarrevolución neoconservadora, encabezada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, inició su demolición y el viraje al pasado. El retorno a “la mentira útil del supuesto ajuste automático del mercado libre, la ilusión metafísica seudoeconómica del liberalismo económico que surgió a comienzos del siglo XIX, como heredero del derecho natural individualista, que constituye el origen del capitalismo y que sólo beneficia a una minoría que centraliza el poder económico.” (Alvaro Cepeda, El fin del mercado libre).
Con su P-2030y su Pnd Calderón sólo busca cumplir con la ley de planeación emitida en 1983, que crea el sistema nacional de planeación democrática. Pero en su agenda no está fortalecer la rectoría del Estado en el desarrollo sino socavarlo, consolidar el neoliberalismo y terminar de entregar el destino de la nación a la minoría que lo llevó a usurpar el gobierno.
- Periodista e investigador del Programa de Ciencia, Tecnología y Desarrollo, Colmex.
Año V No. 53 Junio 2007
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