La Guerra del maíz

El alza al precio de la tortilla es efecto de la guerra que libra el maíz nacional contra la política genocida gubernamental hacia el campo mexicano. Ahora su futuro depende de las trasnacionales: combustible o alimento

Nydia Egremy

La primera batalla por el control del maíz comenzó en los cultivos de Arkansas, Colorado, Illinois, Indiana, Iowa, Kansas, Kentucky, Minnesota, Nebraska, Omaha, Texas y California, comandada por las trasnacionales.

En ese “cinturón maicero” se fraguó el cultivo tecnológico del grano sobre la base de subsidios de oro que lo convirtieron en el “cash crop” (cosecha al contado), que lo transforma en etanol para saciar la avidez energética de la superpotencia mundial, en perjuicio de los paupérrimos campesinos mexicanos y los pequeños agricultores de Estados Unidos y Canadá.

Simultáneamente a la dramática reducción de los inventarios mundiales del maíz, los campesinos mexicanos resintieron la privatización del campo en aras del libre mercado que impuso hace ya 30 años el gobierno de los tecnócratas, promovido por Miguel de la Madrid, afirma José Antonio Serratos, investigador del Colegio de México para el programa de Ciencia y Tecnología.

Sin embargo, los negociadores mexicanos del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) no previeron que el incremento en las importaciones agrícolas en los primeros años de vigencia de ese pacto se multiplicaría y dejaría inerme al campo mexicano, agrega.

Al mismo tiempo y como parte de la estrategia energética estadounidense, el maíz cosechado en Illinois, Iowa y otros estados de la Unión Americana, ha sido destinado a producir etanol. Esa medida revolucionó la base económica del mundo rural en ese país de una manera diametralmente opuesta a lo que ocurrió en México, donde se desmanteló la producción maicera.

 

Biorefinerías o tortillas

La expansión de la industria del etanol en Estados Unidos avanza por México hacia América Latina. Así se refleja en un análisis de la Consejería de Agricultura, Pesca y Alimentación de la embajada de España en Washington, publicado en el boletín 306 de mayo de 2006, el cual afirma que esa actividad creó más de 150 mil empleos durante ese año “convirtiéndose en un gran motor económico en el mundo rural estadounidense”.

El documento advierte: “ante la inversión millonaria en dólares que las empresas productoras de etanol realizan para enfrentar la creciente demanda de una sociedad, la americana, adicta a la gasolina, se pronostican grandes extensiones de campos de maíz dedicados a producir un aditivo limpio para los millones de autos en ese país, el mayor consumidor de energía del mundo”.

Para que el mayor país consumidor de energía satisfaga su avaricia a corto plazo y ante la aproximación del pico productivo del petróleo, la respuesta está en construir biorefinerías a partir del maíz.

Actualmente la superpotencia posee 97 plantas que producen etanol con promedio de 17 mil millones de litros (unos 4 mil 500 millones de galones); 35 más estarán listas en año y medio para producir 8 mil 300 millones de litros adicionales. A mediano plazo, en el año 2010, se pretende producir 26 mil 500 millones de litros, para reducir los precios récord del petróleo y de gasolina.

Considerando que la tasa promedio de conversión maíz-etanol es de 0.4 litros por kilo, el sector requerirá para cubrir sus metas, 66 mil millones de kilos al año; unos 30 mil millones de kilos más que en 2005.

Estimaciones del Departamento de Agricultura estadounidense indican que gran parte del maíz, necesario para producir etanol, se desviará de las exportaciones.

Ahora, 15 por ciento de la producción de maíz en aquel país se utiliza para producir etanol; en el 2010 esa cifra aumentará 25 por ciento. A fines del año fiscal 2004-05, la superpotencia tenía existencias por 53 mil millones de kilos, suficientes para producir 21 mil 500 millones de litros de etanol. En esas cifras radica el futuro del maíz: combustible o alimento.

Puertas abiertas y desempleo

Además de considerar la pérdida de empleos y el alza de precios en la tortilla que México padeció desde 1994, Alejandro Nadal, coordinador del Programa de Ciencia y Tecnología del Colegio de México –quien colabora con Frank Ackerman en esta materia– enfatiza un aspecto poco explorado de la apertura a las importaciones de maíz.

La pérdida para el fisco mexicano, por más de 2 mil millones de dólares. Ello ocurrió al quedar libre de aranceles todas las importaciones de maíz desde 1994, hecho que en su opinión, los funcionarios públicos justifican como un requisito para bajar costos y controlar las presiones inflacionarias, además de que desde el primer año de vigencia del TLCAN, las importaciones mexicanas de maíz superaron la cuota libre de aranceles fijada en el acuerdo comercial.

Al análisis de Nadal se une el de su colega, Frank Ackerman, director de Investigación y Política en el Instituto de Desarrollo y Medio Ambiente Global de la Universidad Tufts.

Ackerman investigó que “desde el primer año del TLCAN, las importaciones de maíz se duplicaron y pronto superaron los cinco millones de toneladas anuales. El maíz barato de los Estados Unidos está debilitando la producción tradicional de México; allí los precios cayeron 27 por ciento en sólo unos años, y una cuarta parte del maíz consumido en México se produce en Estados Unidos”.

El afán estadounidense por exportar maíz a México radica en el rechazo de Europa, los países del sureste asiático y Japón a aceptar maíz modificado genéticamente. Aunque México prohibió hasta hace poco la producción de ese maíz, siempre permitió su importación.

Serratos afirma que todo ese maíz estadounidense se basa en la tecnología que nosotros le llamamos “convencional” y que conocen perfectamente bien todos nuestros agrónomos, la gente que se dedica al campo tiene este tipo de variedades o híbridos, tienen unas estrategias científicas claras de cómo producirlo. Sin embargo, advierte el especialista que el uso adicional de pesticidas e insecticidas a estas semillas han provocado ya una seria contaminaciòn enlas aguas superficiaels y marinas de la faja maicera.

Además del impacto económico para el productor nacional, subyace como peligro lateral a esa apertura, la pérdida de prácticas tradicionales para las comunidades mexicanas, explica Ackerman.

Paradójicamente, el significado etimológico del nombre de este cereal (vivir) es contrario ahora a la posibilidad de subsistencia de los campesinos de México, lugar de origen del maíz, por la ambición de los dueños de la alimentación mundial.

Producir desde el imperio

La detonación de la crisis mexicana por el alza del maíz hizo necesario volver la mirada hacia la situación de los productores del grano en Canadá y Estados Unidos, para contrastar su situación con los campesinos mexicanos.

Timothy A. Wise, representante académico de Frank Ackerman, explica a Fortuna que la gran demanda de maíz beneficia a todos los integrantes de la cadena productiva.

“En general, los agricultores de este país (Estados Unidos) no se han beneficiado mucho, más bien sufren de los mismos precios rebajados por el TLCAN. Completamos un estudio que demuestra que de 1997 al 2005, los precios del maíz tuvieron bajos costos de producción, en un promedio de 23 por ciento.

Considera Wise que los productores estadounidenses no tienen poder económico frente a las empresas que compran y procesan su maíz. “Tienen sus organizaciones pero no se han cooperativizado, por ejemplo, para vender su producto de forma colectiva”.

De las trasnacionales que se benefician del monopolio de este cereal, el investigador de la Tufts University señala a la Archer Daniels Midland Company (ADM) “y a los grandes productores de cerdo en México, como los principales importadores en México, y también quienes se benefician de los precios bajos en este país.

“Sin embargo, con el etanol vemos precios más altos, lo que tiene relación con el problema de los precios altos en México. ¿Quién gana entonces del maíz exportado a México, en volúmenes crecientes? Desde luego que no los agricultores, sino los consumidores de los granos, es decir, las mismas empresas transnacionales que controlan los mercados de los granos ya implicadas en la manipulación de los mercados mexicanos de maíz.

“Es posible que los precios en los últimos años pudieran haber caído aún más sin un aumento en la demanda de México. De forma práctica, la nueva demanda de México reemplazó una pérdida de demanda de Europa y Corea por sus posiciones críticas al maíz genéticamente modificado”.

Para Wise no hay un futuro definido “pero no es buen futuro; no veo la voluntad política para renegociar, ni en México ni en este país (EU). Vale la pena pensarlo al menos como Voluntary Export Restraints, que significa un acuerdo paralelo para no exportar aunque el TLCAN lo autorice. Pero falta voluntad política de México –para exigir y promover– y en Estados Unidos para reconocer el daño y los costos de esa política que provocan, entre otros, la alta migración”.

Timothy A. Wise asegura que la crisis de los maiceros mexicanos contribuye a la emigración hacia Estados Unidos y advierte que “con la nueva demanda del etanol, es posible que el afán por ganar mercados en el exterior pierda peso comparado con las preocupaciones aquí por la inmigración de México”.

 

La visión del otro

Pese a que la agricultura norteamericana goza de altos subsidios, no todos los productores gozan de este beneficio. Algunos aún sobreviven de la siembra a pequeña escala, como los integrantes de "Coalición rural", organización de 80 grupos de agricultores latinos, afroamericanos y asiáticos en Estados Unidos y Canadá.

Entre ellos, la Red Quebequense de Integración de los Pueblos (RQIC) cuyo dirigente, Pierre Ives Serignet, afirma que “hay una falsa idea de que todos los agroproductores de este país cuentan con subvenciones. Queda claro que en Canadá, EU y en México, los pequeños y medianos productores, no sólo agrícolas sino los ciudadanos, nos enfrentamos a las consecuencias de un modelo económico y político que fracasó en sus promesas. Y que aún peor, que los presidentes y primer ministro de Canadá pretenden profundizarlo, ignorando a los parlamentos, mediante la llamada Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN) o TLC-Plus”.

Por otra parte, los pequeños agricultores estadounidenses se reunieron con sus homólogos mexicanos –por el temor de perder sus tierras y la rentabilidad de sus cultivos– en el segundo Encuentro Binacional de Trabajadores Agrícolas, en septiembre de 2006. Medio centenar de organizaciones de los dos países se plantearon frenar la avaricia de las corporaciones agroalimentarias.

Jerry Pennick, dirigente de la Federación de Cooperativas Sureñas, narra que “los agricultores mexicanos y estadounidenses se unieron porque su manera de vivir se encuentra amenazada. Ambos grupos son expulsados de sus tierras a causa de los precios bajos y el control que ejercen las grandes corporaciones agrícolas sobre la producción y comercialización de sus productos”.

Sostuvo que la mano de obra barata de los trabajadores sin derechos, sin el poder de negociación colectiva y sin prestaciones, es factor importante e injusto en la competitividad de la agricultura estadounidense, que así logra producir alimentos con tan bajos precios. “Esto hunde a los mercados de otros países, cuyos agricultores se convierten en refugiados económicos. Cada vez más son más los hombres y las mujeres que salen en búsqueda de sobreviviencia”.

Agrega el líder agrícola que “en Estados Unidos, el cultivo de maíz transgénico no sólo es legal, sino que forma una gran parte de la producción total, cuyo control –desde la semilla a la comercialización, pasando por el cultivo y almacenamiento– es de las trasnacionales”.

 

 

 

Los dueños del maíz

Los corporativos agroindustriales trasnacionales, la mayoría con sede en Estados Unidos y de los que poco se conoce su actividad en México, poseen el futuro de la alimentación del mundo.

El primer lugar, por su impacto en el mercado nacional, lo ocupa la procesadora Archer Daniels Midlands (ADM), asociada con Grupo Maseca (Gruma), primer productor mexicano de maíz. Su lema "la forma de lo que está por venir”, parece advertir el futuro del grano mexicano si continúa en manos privadas. En agosto de 1996, ADM adquirió por 258 millones de dólares, el 22 por ciento de Maseca.

El grupo independiente Oligopoly Watch, explica la expansión de ADM: “La firma tiene unas 270 plantas procesadoras y revende lecitina, maíz, edulcorantes, gasol, solventes de pinturas y alimento para animales. Fue demandada y encontrada culpable de conspirar con firmas japonesas y coreanas para fijar el precio de la lisina y del ácido cítrico. “En 2002, se le acusó de fijar el precio de la alta fructosa de jarabe de maíz, junto con sus rivales Cargill y A. E. Staley Manufacturing; aún enfrenta más de dos docenas de demandas civiles por fijar el precio de productos agrícolas”.

El segundo lugar del ranking mundial de monopolios del maíz lo ocupa Cargill de México, que se posicionó activamente en la cadena agroalimentaria del país luego de asociarse a Continental.

En tercer lugar está el Grupo Minsa, segundo productor nacional de maíz. Se fundó en 1993 y, once años después, posee el 27 por ciento del mercado de harina de maíz en México, además de su sociedad con Corn Products International y Arancia. Resolvió sus problemas financieros del año 2003 por deuda de 90 millones de dólares.

 

 

 

 

Año IV No. 49 Febrero 2007

 

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