Empresas y negocios

Mercado automotriz mexicano: un bosquejo del primer mundo

José Rivera Posadas

El mercado automotriz mexicano es, en la actualidad, el mejor ejemplo de que la competencia empresarial tiene como principales beneficiarios a los consumidores finales.

La amplia diversidad de productos automotores que se ofrecen en el país y las múltiples facilidades que los compradores tienen para hacerse de un vehículo son parte de estos beneficios, que otorga un mercado que ha alcanzado un elevado nivel de desarrollo, gracias a la conjugación de fórmulas provenientes de Norteamérica, Europa y Asia.

La evolución

A mediados de la década de los 90, el mercado mexicano se encontraba dominado por cinco marcas automotrices que comercializaban, anualmente, alrededor de 500 mil vehículos.

Estas marcas automotrices eran General Motors, Ford, Chrysler, Nissan y Volkswagen, las cuales ponían a disposición de los clientes nacionales una oferta de vehículos que alcanzaba la cantidad de 50 modelos.

El desarrollo de esta industria y su correspondiente mercado inició en los primeros años del nuevo milenio, cuando los Tratados de Libre Comercio, firmados por México con diversos países, comenzaron a rendir frutos.

En específico, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y, posteriormente, el Acuerdo Comercial con la Unión Europea, permitieron incrementar las cuotas de exportación e importación de vehículos desde y hacia nuestro país.

Lo anterior dio como resultado una verdadera movilidad del sector automotor, puesto que no sólo llegaron nuevos competidores que obligaron a los ya presentes a mejorar la calidad de sus productos y servicios, sino que estas nuevas empresas detonaron también un flujo de inversiones que permitió incrementar la capacidad productiva y de exportación de la industria automotriz nacional.

 

Actualidad

Hoy en día el mercado automotriz mexicano ocupa el lugar número 10 entre los más grandes del mundo, con ventas que rebasan anualmente el millón de unidades, según datos de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA).

Es uno de los más competidos a nivel internacional, pues cuenta con la presencia de más de 30 marcas automotrices que comercializan una gama de vehículos que ronda los 300 modelos.

Este desarrollo viene acompañado de una estrategia que promueve el crecimiento del mercado interno, gracias a una serie de facilidades otorgadas, por las armadoras y organismos financieros, a los clientes interesados en adquirir un vehículo nuevo.

Las cifras de la AMIA indican que el 60 por ciento de los autos que se venden en México se liquidan mediante un plan crédito, mismo que puede presentar una inmensidad de variantes en cuanto a plazos, tasas de interés y enganches.

El promedio de las tasas de interés que se manejan en el país, para el financiamiento de un vehículo automotor, se ubica en 13 por ciento anual; el enganche mínimo para adquirir un auto llega al 15 por ciento, y los plazos que se le otorgan a un usuario de crédito para pagar se elevan hasta los 60 meses.

Otro de los factores en los que se ha avanzado en el mercado automotriz mexicano es en la calidad del servicio de postventa y en los sistemas de contacto permanente con el cliente CRM.

Lo anterior se debe a la necesidad que poseen las marcas por construir la llamada “fidelidad” del cliente; esto ante un mercado de autos que ofrece a los compradores un sinfín de nuevas posibilidades en caso de no quedar plenamente satisfechos con su vehículo.

 

Los Retos

Además de los beneficios específicos para el consumidor, el crecimiento del mercado mexicano ha traído recompensas adicionales para las finanzas del país, prueba de ello son los cerca de 7 mil millones de dólares que, según la Secretaría de Economía, ingresaron como Inversión Extranjera Directa a este sector durante 2006.

Sin embargo, esta bonanza comercial, productiva y financiera, que se acerca a los retratos que hoy observamos en el primer mundo, posee su punto débil y sus consiguientes retos a vencer.

Es natural que en un mercado de tanta competencia se presente una guerra de precios, mediante la cual, en palabras de los analistas, se busca la salida de los competidores más débiles.

Sin embargo, esta práctica, que supone una serie de incentivos de parte de las armadoras hacia los consumidores, no ha tenido los efectos esperados, puesto que aún no se ha logrado definir completamente a aquel competidor débil que cedería su tajada del mercado.

Por el contrario, la guerra de precios comienza a convertirse en un lastre para la rentabilidad de las firmas automotrices, las cuales tendrán que buscar en el corto plazo fórmulas innovadoras para establecer precios competitivos sin necesidad de afectar su salud financiera.

El reto de las armadoras es entonces sobrevivir a la selección natural del mercado, puesto que, mientras la cifra de comercialización se ha duplicado en los últimos 10 años, el número de competidores es hoy seis veces más grande.

La calidad, el servicio y la disponibilidad serán los principales factores que determinen a los fuertes y débiles en esta batalla. Al consumidor corresponderá, por lo pronto, el papel de vencedor de esta guerra.

 

Año IV No. 48 Enero 2007

 

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