TLC, la hora de los mercaderes del campo
Faltan casi cinco meses para la apertura final del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Los dueños de la producción agrícola en México reaccionan con zarpazos especulativos y esperan un blindaje para no ser afectados
Mauricio Laguna
Los mercaderes de los monopolios regionales de la agroproducción se aprestan a mostrar su fuerza ante el presidente Felipe Calderón. Dejan en claro que van con todo por mantener sus espacios de dominación política y sus niveles de ganancias, que hasta el momento les brinda el control agrícola a nivel nacional.
Los propietarios de las cadenas de producción-industrialización de cuatro productos básicos (maíz, frijol, leche, huevo) exigen garantías para mantener sus niveles de ganancia, pese a la apertura total del mercado con Estados Unidos y Canadá, a partir de enero de 2008.
Estudios académicos y analistas en economía afirman que, ante la entrada en vigor de la última fase del Tratado de Libre Comercio (TLC), los monopolios de la producción agrícola, sabedores de que el mercado del agro no funciona correctamente en el país, han querido mostrar su poder y su determinación de descarrilar la economía nacional por medio de la especulación, a fin de postrar al gobierno federal para que proceda a blindarlo con prebendas fiscales y subsidios.
La volatilidad de los precios de productos básicos procedentes del campo, el maíz por ejemplo, podría analizarse como una especie de “plantón” de artículos de consumo básico, que coloca a la población en calidad de rehén, sobre todo la de menores recursos.
Desastre del campo
Luis Rubio, analista económico y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), apunta que es notorio que este movimiento tiene que ver con la apertura de granos. “Creo que son las organizaciones rurales gremiales las que piensan que van a perder el control político sobre el campesinado”.
“Lo que hemos visto en estos días –con el aumento de precios de los básicos– es precisamente porque hay una serie de pequeños empresarios o grupos políticos monopólicos que controlan la distribución en distintos lugares del país. Si esos grupos no son sancionados van a continuar encareciendo el producto en su propio beneficio.”
Rubio dice que los productores agrícolas de Estados Unidos cuentan con subsidios gubernamentales y, por ello, sus precios son mucho más bajos que los mexicanos. Los mercaderes de México exigen subsidios para competir con aquellos, pues de lo contrario perderán su poder económico y político.
Juan José Dávalos, profesor en la Facultad de Economía de la UNAM, apunta que el precio del maíz en México es más del doble que en Estados Unidos, y esto es simplemente por los subsidios que hay en ese país. Lo claro es que al entrar, en 2008, productos como el maíz estadunidense más baratos, adiós al negocio redondo local mexicano.
Dice que sólo en el caso de la cadena maíz-tortilla, por el momento, el gobierno de Felipe Calderón ha respondido con cierta energía, aunque sin ir al fondo, con la firma de un acuerdo temporal para mantener el precio del producto básico elaborado, en ocho pesos con 50 centavos el kilogramo.
Pero esto aún no ha acabado. Con toda claridad, señala Luis Rubio, estamos en el inicio de un movimiento de especulaciones con los precios de los productos del campo. Esto es parte de la respuesta, tipo manifestación en avenida Reforma.
Explica que ya desde 1994, cuando entró en vigor el TLC, se estimaba que el peor efecto del tratado comercial se daría en 2008, cuando las fronteras se liberalizaran completamente. Los principales afectados no son los campesinos que producen para autoconsumo, sino los productores agrícolas.
Resalta que los tenedores de la tierra, maquinaria, empresas de comercialización, grupos de productores e industrializadoras, tienen en sus manos a esos productores de mayor escala, comparativamente con los de autoconsumo, porque son a quienes les compran las cosechas y hasta les prestan –con interés de todo tipo– para financiarse.
Eduardo Díaz, profesor de sociología en la UNAM, dice que esto es una especie de esclavitud light, en el sentido de que los encadenados son los jornaleros, porque estos son esclavos del hambre; de los pequeños propietarios, con beneficios y herencia de la tierra revolucionaria; y de los exejidatarios, expropiados durante el sexenio de Carlos Salinas. Mientras que los terratenientes del pasado se convirtieron en los empresarios monopólicos regionales del presente.
El mercado no funciona
Luis Rubio asegura que el problema, con la apertura definitiva del agro, es que el mercado mexicano ha dado muestras, ahora y antes, de que no funciona. Y lo que sigue es mucho más siniestro, porque en este marco, México se abre a la competencia ante los poderosos productores del campo de Estados Unidos y Canadá.
En la lógica del libre mercado –señala– los precios pueden subir o bajar, pero en México no tenemos esas condiciones, porque el mercado no opera. El gobierno debe garantizar que pueda operar, pero no a través de pactos, sino de reglas claras a las que todo mundo se atenga, y que el gobierno debe cumplir.
El doctor en economía estima que se debe crear un mercado real y no mantener uno ficticio, como el actual, donde ha habido una serie de controles directos e indirectos. Desde la óptica de la organización, tiene que haber mano dura del gobierno para hacer funcionar el mercado. No es una mano rectora lo que se requiere, sino que el gobierno sancione a quienes abusen y garantice que se den las condiciones para que el mercado pueda funcionar.
En la teoría del libre mercado, el Estado sólo tiene un papel normativo, es decir, de expedir algunas reglas para el juego de oferta-demanda de los distintos productos. El Estado no puede –según los ortodoxos neocapitalistas– intervenir en el control de precios, por ejemplo.
La teoría social señala que el Estado debe mantener su poder rector en el mercado, para intervenir cuando sea necesario, a fin de garantizar la seguridad y bienestar de la población, sobre todo, de la económicamente más desprotegida, explica Rubio.
Las distorsiones
En México, tenemos mucho de economía de mercado, pero no dejamos que los mercados funcionen adecuadamente”, dice Luis Rubio.
“Lo lógico es que abramos la importación para que haya suficiente grano, se sancione severamente a quienes hayan abusado en este proceso y se eliminen todos esos impedimentos de los mecanismos de distribución, para tener un mercado funcionando, porque lo que tenemos no es un mercado, sino un caos”, enfatiza.
Dávalos señala que la distorsión y el caos no sólo proceden de la misma existencia de los monopolios regionales, sino también de las constantes intervenciones de las autoridades federales, no para alentar la competitividad, sino para controlar los precios, en respuesta a las presiones sociales.
“El caso del campo es un perfecto ejemplo; no sé si monopolio sea la palabra correcta, pero en el proceso de comercialización y distribución tienen control diversos sectores de esos mecanismos en cada uno de los lugares que hacen que los precios se eleven y que el mercado no funcione”, acota.
Campo erosionado
Según la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), los cambios que se han dado en el agro mexicano en los últimos 40 años fueron de orden ganadero.
Estudios de la UAM indican que uno de esos factores es la oferta, que se relaciona con la producción. El campo mexicano no sólo ha dado muestras de erosión, en términos de pérdida de competitividad, sino también en cuanto a la diversidad de cultivos. Preferencialmente se cultiva maíz y frijol.
Otro factor es que hay un fenómeno alterno que se cierne sobre el afectado agro: la erosión de la tierra. Por diversos factores como incendios y tala ilícita de árboles, las pérdidas son de 2 mil hectáreas por año.
El Centro de Estudios de Desarrollo Rural, de la UAM Xochimilco, explica que la producción de maíz alcanza, hoy día y en el mejor de los casos, 18 millones de toneladas, lo cual no es suficiente para cubrir la demanda local; por tanto, la importación se ha convertido en una necesidad.
El 30 por ciento del mercado nacional del maíz se ha hecho dependiente de las importaciones.
Menciona que, al avanzar el nivel de las importaciones de productos básicos, al problema se suma otro más que tiene que ver con la migración de los campesinos hacia los campos de cultivo estadunidenses, al profundizarse su pobreza y perder su viabilidad económica en el sitio que habitan.
Cambio de cultivos
Una de las salidas planteadas por Eduardo Díaz, especialista en economía, es alentar el cultivo de productos distintos al maíz y el frijol.
Establece que los granos básicos podrían quedar en términos de autoconsumo. “Empecemos a discutir sobre el cultivo de productos distintos y una manera de comercializar diferente”, acota el sociólogo.
Díaz indica que la recomendación económico-social más común en la política de izquierda es entregar apoyos directos a los productores, con el fin de que, sobre todo los campesinos más pobres, mantengan niveles adecuados de ingresos.
Juan José Dávalos reitera que el proceso de conversión de los cultivos no podría ser tan rápido. Tendrían que pasar algunos años para lograrlo: debió haber comenzado al menos desde 1994.
“Aquí lo importante será si tendremos una política pública adecuada para apoyar al campesino, para que se transforme en productor de algo más rentable, o seguiremos con las organizaciones determinando lo que se cultiva, para mantener pobre al campesino, permanentemente”, indica el economista.
Calderón decidirá
El presidente Felipe Calderón tiene en sus manos la decisión que deberá tomar ante la inminente entrada en vigor de la última fase de liberalización del TLC, a partir de enero de 2008, y el dar más tiempo o no –con una excepción del tratado– a la recomposición del agro nacional.
Luis Rubio plantea que en 2006 el gobierno federal, en manos de Vicente Fox, decidió la apertura anticipada de los autos usados dentro del TLCAN, la cual estaba prevista también para 2008. Ya sólo queda pendiente el agro, en especial, el mercado del maíz, frijol y el de la leche en polvo, también controversial.
Ha quedado sin negociarse la apertura del autotransporte y azúcar, lo cual se relaciona con la industria de la caña, otro pendiente mexicano, subraya.
José Dávalos asegura que el principio ideológico expresado por Calderón se ciñe al cumplimiento riguroso de los acuerdos firmados por México con el extranjero, en este caso, con Estados Unidos y Canadá. Por ello se descarta que pudiera solicitar la apertura del tratado para negociar algún cambio, como lo prometía en su caso Andrés Manuel López Obrador en su campaña presidencial.
Luis Rubio aclara que uno de los fundamentos de ese tratado es la confianza. En este caso, se confía en que el socio mexicano cumplirá y lo seguirá haciendo en las próximas décadas, de lo contrario ese tratado podría desvanecerse.
El problema es todavía mayor si se toma en cuenta la turbulencia económica por la que está pasando México, la cual no tiene visos de llegar a un nivel de crisis histórica, pero ha hecho perder, al menos momentáneamente, la confianza de inversionistas y empresarios que, por añadidura, son también empleadores, concluye.
Año V No. 55 Agosto 2007
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