Acuerdos internacionales

Caña de azúcar: pivote del desarrollo económico

La Isla rehabilita su industria cañera con un triple propósito: generar más empleos, alcanzar su soberanía alimentaria y reducir el déficit energético, estrategia que se opone al interés de las trasnacionales de usar alimentos como combustibles

Nydia Egremy / enviada

La Habana, Cuba. La Isla generará biomasa a partir de la caña de azúcar para remontar el desastre económico que sufrió a fines del siglo XX. Al revivir ese cultivo, se propone superar su déficit en alimentos y energía e impulsar la economía provincial al rehabilitar sus centrales azucareras.

Contrario al interés de las trasnacionales agro-energéticas que sacrifican alimentación por  combustible, la estrategia cubana busca que las comunidades administren sus recursos con entera soberanía.

En su condición de Isla cercada comercialmente por Estados Unidos, los alimentos y la energía constituyen armas políticas de gran importancia estratégica. De ahí que la modernización y reestructuración de las centrales azucareras tenga como prioridad alcanzar la autonomía alimentaria y energética mediante su reactivación económica.

Así, la caña de azúcar volverá a ser el pivote del desarrollo económico en Cuba. Su alto potencial para producir biomasa –que se traduce en alimentos, bagazo para papel y bioenergía– detonará el empleo auxiliado por programas de estudio y trabajo para los trabajadores. Esta medida constituye una “nueva revolución educativa”.

La agroindustria cañera bioenergética no se plantea la disyuntiva alimento-biocombustible, pues se trata de una agroindustria productora de alimentos con destino humano y animal. Además, las tierras destinadas al cultivo de la caña de azúcar son superficies ociosas en su mayoría, firma el gobierno cubano.

La percepción entre los habitantes de las provincias cañeras sobre el actual proceso de reestructuración del campo cubano es diversa. Algunos de ellos fueron testigos del declive de las centrales, por lo que hoy consideran que el éxito de la nueva estrategia gubernamental debe traducirse en el aumento y diversificación de alimentos, así como en la reducción del déficit energético para evitar los ya habituales cortes de electricidad.

Yunisleidis Díaz, vecina de Nueva Paz en la provincia de La Habana, dice que “aquí operó el complejo Manuel Isla (antes llamado Josefina), pero desde hace 10 años, cuando vino la crisis, mi marido tuvo que emplearse en la fábrica de productos cárnicos. Todo cambió, él no se adaptó porque venía de otra forma de trabajo; además sufrimos los constantes apagones”.

Para Marilys Matos, en cambio, la situación de Cárdenas, la zona donde vive, es “complicada”. Ahí operaban 21 centrales, pero tras el diagnóstico gubernamental sólo seis seguirán produciendo azúcar (dos se destinarán a producir mieles y la José Smith Comas se destinará al turismo). Las doce plantas restantes serán desmontadas para proveer de refacciones a las que están en operación.

En Cárdenas, una comunidad de casi cien mil personas, Matos es feliz.  Opina que “en general, no la pasamos mal porque aquí se extrae petróleo y se produce papel y derivados lácteos”.

Sin embargo, a Marilys le preocupa que el arribo masivo del turismo a esa zona “malogre las relaciones y el medio ambiente” que, con celo, han protegido por años los miembros de esta comunidad.

En respuesta a esa inquietud, el gobierno cubano reitera que la reestructuración de las centrales traerá consigo la autogestión comunitaria de los recursos generados a partir de la producción de alimentos y energía.

Armando Novoa, del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de la Habana, estima que la reestructuración apuntalará el desarrollo de las provincias. “La población dejará de ser consumidora de bienes y servicios para transformarse en productora”.

En su análisis sobre la política de la isla, el jurista colombiano Apolinar Díaz Callejas reconoce los beneficios de esta estrategia. El también senador estima que al producir miel enriquecida, azúcar líquido, levaduras y azúcar orgánica, se ampliará la variedad alimenticia de los cubanos. Además,  sostiene que la caña también aporta subproductos y sustancias para otras industrias, fundamentalmente  médicas.

Retrato de la crisis

Desde la colonización española, la isla mayor de las Antillas fue el enclave ideal para cultivar la caña de azúcar. Ya en el siglo XX, la industria azucarera fue el pilar de la economía cubana y toda la infraestructura del país se construyó bajo ese esquema. Hace 18 años, Cuba fue el primer lugar mundial en producción de caña de azúcar y sus 156 centrales daban empleo a la mayoría de la población de los municipios.

Hasta 1961, el mercado regulado de Estados Unidos le asignó a Cuba una cuota azucarera de tres a cuatro millones de toneladas. Al triunfar la Revolución Cubana, esa cuota se eliminó al tiempo en que sobrevino el bloqueo comercial. Fue entonces cuando Cuba tuvo que buscar nuevos clientes del otro lado del Atlántico: la Unión Soviética (URSS) y los países socialistas europeos se beneficiaron.

Con la caída del precio internacional del azúcar y la desaparición del bloque socialista, el panorama empeoró. El ingreso que Cuba recibía por ese concepto se redujo significativamente y con ello vino la debilidad económica, explica Armando Novoa.

En el llamado “periodo especial” (1992-2000), la industria azucarera se descapitalizó hasta que sobrevino la parálisis que afectó a 125 municipios que dependían de la actividad cañero-azucarera, agrega.

Fue entonces cuando Brasil irrumpió como primer productor mundial de caña de azúcar seguido de la Unión Europea, Australia, Colombia y Guatemala. Ahora, Cuba ocupa el sitio 15 o 16 de producción mundial de azúcar. En este listado –que contempla la relación de caña de azúcar por hectárea–, México figura como el cuarto productor mundial, después de Colombia, Australia y Guatemala, pero adelante de Estados Unidos y Sudáfrica.

En 2000, la crisis de esa industria tocó fondo y su impacto fue “desastroso” para la economía cubana, sostiene Novoa. Ese año, la participación porcentual del azúcar en el valor total de las exportaciones descendió al 27 por ciento, contra el 73 por ciento en 1989.

Ante la disminución de ingresos por exportaciones de pescado, cítricos y ron, la dependencia cubana en importación de alimentos aumentó en 16 por ciento, contra el 13 por ciento que ese rubro representaba en 1989. Fue entonces que se perdió la autosuficiencia alimenticia y se estancó la industrialización.

Penuria y desempleo

“Todos estaban de acuerdo en que era urgente remontar la crisis y la academia tenía el compromiso de generar alternativas, pero no se actuó”, admite Armando Novoa, quien sostiene que al no invertir en la industria azucarera, Cuba apostó al turismo y a la inversión extranjera a cambio de tecnología, nuevos mercados y generación de empleos.

La reducción en 22 por ciento de la superficie total sembrada de caña (entre 1990 y 1999), la disminución del total de zonas irrigadas (del 22 al 9 por ciento) y la caída en 43 por ciento del rendimiento por hectárea, atribuida a la escasez de herbicidas para eliminar las malezas, fueron otras causas que contribuyeron a la caída de la producción azucarera.

En ese periodo se hizo evidente la ausencia de fertilizantes químicos, de equipos cortadores para la limpieza de la caña, refacciones, etcétera. Además, la escasez de petróleo provocó el empleo de tracción animal en el transporte de mercancías provenientes del campo cubano.

En suma, al finalizar la cosecha de azúcar de 2001, la baja del precio mundial del edulcorante y la baja productividad en los molinos obligaron a cerrar 45 instalaciones. Esto implicó el despido de unos cien mil trabajadores, aunque conservaron sus salarios.  

Fueron años difíciles para los trabajadores y habitantes de las provincias de Matanzas, La Habana, Villa Clara, Sancti Spiritus, Ciego de Ávila, Las Tunas, Holguín, Santiago de Cuba, Granma y Guantánamo. En esos municipios, la actividad económica y social se paralizó. Por primera vez en muchas décadas, el campo cubano se oscureció bajo la sombra del desempleo.

Hubo casos heroicos de resistencia ciudadana. Por ejemplo, en 2003 el municipio de Jesús Suárez Gayol fue el único que mantuvo su planta laboral porque los jóvenes se opusieron con vigor. Entretanto, recuerdan los cubanos, los pobladores del municipio de Santa Teresita, que vieron cerrar las puertas de la central se preguntaban ¿de qué vamos a vivir?

Dulce electricidad

Fue entonces cuando los bateyes sufrieron los cortes eléctricos. El batey es una entidad rural con economía propia y muy dependiente de la generación de electricidad. La mayoría de sus habitantes viven de la siembra, cuidado y corte de caña. En el “periodo especial” se sufrió la escasez de papel –materia prima para la rama editorial del país– y de los derivados alimenticios para la ganadería.

La actual iniciativa gubernamental para generar biomasa prevé que los bateyes tengan la posibilidad de generar electricidad in situ, a un costo más bajo por kilowat que la eólica o la termoeléctrica.

Sin embargo, a fines de los años noventa, la industria azucarera pasó de ser la principal actividad económica, a constituir el problema social más grave del país. Hoy, académicos y economistas cubanos admiten que fue un error desmantelar una industria que contribuía de manera eficaz a la economía.

Aunque el cultivo de la caña tocó fondo, hace  cuatro años comenzó una progresiva recuperación de la economía. Así lo admitió recientemente el viceministro primero del Azúcar, Luis Manuel Ávila, al anunciar que la reestructuración de esta industria nacional se extenderá hasta diciembre de 2007.

Bioenergía a la cubana

Obtener etanol a partir de maíz, soya, remolacha y caña de azúcar obedece al interés económico de las trasnacionales energéticas. Su estrategia reduce la superficie destinada a producir alimentos para consumo humano y con ello, se libra una competencia entre alimentos y combustibles.

Así lo destacó el análisis crítico del presidente cubano, Fidel Castro. En marzo pasado, el mandatario expresó su preocupación porque esa estrategia condena a la hambruna a más de 300 millones de personas.

Sin embargo, académicos y científicos cubanos sostienen que el planeta tiene capacidad para producir alimentos suficientes para el doble de la población mundial (más de seis mil millones).

Entretanto, Novoa insiste que el problema de fondo radica en la distribución desigual de estos recursos. Asegura que la estrategia bioenergética de Cuba está destinada a producir más y variados alimentos, reducir su déficit en combustibles y electricidad, y preservar el medio ambiente.

Refiere que para contrarrestar la “irracionalidad del consumo energético de los países desarrollados”, la caña de azúcar sale al paso del desafío tecnológico que plantea el previsible fin de de los combustibles no renovables (petróleo y carbón).

Su optimismo estriba en que esta gramínea genera entre 8 y 10 unidades de energía, contra la biomasa del maíz, que apenas equivale a 1.3 unidades. Además, produce bajos índices de dióxido de carbono (CO2), con lo cual no contamina el entorno.

“Casi no existe otra planta con igual potencial”, explica Armando Novoa. “La caña de azúcar es una planta con excelentes propiedades para captar y almacenar la energía solar. A partir de ella, se pueden generar importantes cantidades de alimentos y de energía: azúcar, electricidad, alcohol, biogas”, agrega.

El programa de modernización de Cuba contempla la habilitación de once destilerías. La industria alcoholera en este país suma más de 450 años de historia; además, es autosustentable y su producción no implica la competencia entre alimentos y combustible. Por ello, la reestructuración de la industria plantea producir 520 mil litros diarios de alcohol, en su primera etapa. En la segunda, con siete nuevas destilerías, se generarían dos millones de litros diarios.

El periodista cubano Elio Véliz Sánchez estudió la transformación del sector azucarero en Cuba y su potencial como generador de electricidad: los mayores aportes vendrán de las industrias Batalla de Las Guásimas y Panamá, en el sur; Sierra de Cubitas y Brasil, en la zona norte; e Ignacio Agramonte y Carlos Manuel de Céspedes, en la parte central.

El entusiasmo del comunicador se fundamenta en que la industria azucarera en Camagüey elevó su eficiencia entre 2001 y 2002: se generaron 38 kilowatts por tonelada de caña molida, una de las conversiones más altas de Cuba.

 

 

Año V No. 55 Agosto 2007

 

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