Opinión

La política petrolera neoliberal calderonista o cómo destruir una empresa y la nación

Marcos Chávez M.*

 

Grover Norquist, un ultra de la derecha estadounidense, feroz anticomunista, cruzado que lucha por eliminación de los impuestos a los ricos y militante de las hordas neoconservadoras encabezadas por Ronald Reagan y Baby Bush, dijo alguna vez, de manera grandilocuente: “yo no quiero abolir al gobierno. Sólo quiero reducir su tamaño [a la mitad], de tal manera que me sea fácil arrastrarlo al baño y ahogarlo en la tina. El estado estará tan pequeño que cabrá por el desagüe del baño”.

Desde luego, la fatua e iracunda retórica de Norquist es exagerada. En realidad, sólo busca excitar al atormentado espíritu animal de la derecha en contra de la intervención pública para justificar el desmantelamiento del estado de bienestar (salud, educación, pensiones, asistencia a los excluidos por el sistema capitalista), los derechos y las libertades ciudadanas. Porque un estado estrangulado es inútil para los fines de la contrarrevolución neoconservadora fomentar la acumulación privada de capital por cualquier medio (recorte de impuestos, subsidios, contratos leoninos, protección, corrupción y otras prácticas ilegales, solapamiento oficial); redistribuir la riqueza de la mayoría de la sociedad hacia la burguesía; desmantelar el estado y entregar sus despojos a la depredación de la voraz e insaciable manada empresarial.

“Es la hora de los chacales”, para decirlo en palabras de Julio Cortázar. “Ahora es la mafia que da las órdenes. Los políticos ya no están al mando”, señalaría Giovanni Falcone, magistrado antimafia de Palermo, Italia, asesinado por la “Cosa Nostra”, en 1992. Los gobiernos son ahora sus administradores. La lógica del capitalismo salvaje neoliberal delineada por Norquist es la que Felipe Calderón profundizará en México, una vez que, robada la corona, tiende a consolidarse en la presidencia. Sostenido y legitimado por la manu militari, la oligarquía empresarial; los jerarcas de la iglesia; las alianzas amarradas con el corrompido poder judicial; la compra de la dignidad de la mayoría de los congresistas, si es que algo le quedaba para terminar de envilecerse; las negociaciones con los priístas (el respaldo a los caciques gobernadores de Puebla y Oaxaca) la parálisis e indiferencia de la mayoría de la sociedad, y la impotencia de las fuerzas progresistas.

Más que como un demócrata, republicano y líder de un estado laico, Calderón se comporta como un déspota teocrático, pisoteando sistemáticamente la Constitución. Se torna en un cruzado provocador al solapar las desmesuras de los militares y los utiliza en un acto donde la iglesia católica arremete en contra del estado laico y lincha a las autoridades de la capital, esas sí elegidas democráticamente. Se desgarra las vestiduras, trata de imponer sus obscurantistas credos religiosos medievales y suelta a la rabiosa jauría neocristera. En cambio, califica como un “gran triunfo de la democracia” y elogia como “responsable y patriótica” a otro de los viles actos de la mayoría del Congreso: la aprobación de la contrarreforma calderonista en los fondos de pensión de los trabajadores del sector público, cuyo proceso legislativo evidenció, por enésima vez, el reforzamiento del autoritarismo del sistema presidencialista mexicano. Dicha contrarreforma neoliberal será seguida por otras: la fiscal, donde se impondrá el IVA a alimentos y medicinas, agravando la pobreza de las mayorías; la devastación del sector energético, en especial el petrolero, y el desmantelamiento de las leyes laborales para legalizar el estatus de esclavos de los trabajadores.

Las babeantes fauces de las hienas empresariales locales y foráneas ya se regodean ante los despojos de Petróleos Mexicanos (Pemex), que les serán arrojados por Calderón y los “patrióticos” congresistas con la contrarreforma petrolera, llámese “alianza estratégica” o cualesquier otro nombre que se utilice para justificar la privatización de la paraestatal. Uno de los últimos símbolos paradigmáticos del régimen nacionalista surgido de la revolución mexicana que queda por demoler, en el avanzado proceso de destrucción de la nación. Mientras los gobiernos de Ecuador, Venezuela o Bolivia recuperan su dignidad y la soberanía de sus recursos energéticos, el mexicano opta por la ignominia.

¿Cuál será la coartada? La misma que se ha usado hasta la náusea: el agotamiento de las reservas petroleras y las restricciones financieras de Pemex.

Pero antes de privatizar a Pemex, el “demócrata” y su pandilla de “patriotas” utilizan el recomendado “método Norquist”: apretarle más la soga financiera: mantener el saqueo fiscal, seguirla castigando presupuestamente, descuartizarla, ampliar la ilegal inversión del capital privado, como sucede desde el gobierno de Miguel de la Madrid.

Se dice que Pemex no tiene recursos para revertir la baja de las reservas petroleras convencionales que, con un nivel de producción de 3.683 millones de barriles diarios (mbd) registrado en 2006, en el caso de los hidrocarburos totales, éstas apenas durarán cuando mucho 34 años (hasta el año 2040; en el caso de las probadas 12 años, hasta el 2018). Respecto del petróleo crudo, con una producción diaria de 3.256 mbd, el total se agotaría en 28 años, hacia el 2034, y las probadas en 8 años, hacia el 2014. ¿A qué empresario le interesaría invertir miles de millones de dólares en yacimientos cuya duración abarca un limitado horizonte de tiempo? ¿Por qué a Estados Unidos le interesa ampliar el tratado de libre comercio (TLC) en materia petrolera?

La única respuesta razonable es que Calderón, Gergina Kessel (la empleada de de Luis Téllez) y Jesús Reyes Heroles, entre otros funcionarios actuales y de las últimas cuatro administraciones, han mentido descaradamente a la sociedad mexicana, con tal de regresar a la nación a la etapa previa de la nacionalización petrolera de 1937, llevada a cabo por Lázaro Cárdenas, para entregarle los yacimientos no convencionales del Golfo de México a los empresarios para su depredación.

Si ya no existieran nuevos yacimientos no convencionales, es lógico que un gobierno prudente hace tiempo hubiera aplicado una estrategia racional, que castigara severamente la corrupción (aunque se llenaran las cárceles) y el incumplimiento de metas, se mesuraran la producción y las exportaciones y sacara del TLC a los hidrocarburos. Pero no fue así. Se aumentó la extracción de 3.343 millones de barriles diarios en 1999 a 3.825 millones en 2004 y las ventas externas de 1.534 millones a 1.870 millones (en 2005-2006 ambas bajaron para ubicarse en 3.682 millones y 1.793 millones en el último año citado). También hubiera impuesto un fuerte programa de racionalización del consumo. Pero ha estimulado la irracional demanda automotriz, por ejemplo.

Ellos han hecho todo lo posible por destruir a Pemex. Si los neoliberales hubieran modificado el régimen fiscal de Pemex para dejarle más recursos disponibles, las cuantiosas divisas recibidas por las exportaciones de hidrocarburos acumuladas entre 1998 y 2006, cuando los precios medios del crudo pasaron de 10.18 dólares por barril a 53.04, hubieran mejorado la situación financiera de la paraestatal y esos recursos pudieron ampliar los programas de infraestructura, explotación y exploración de nuevos yacimientos que, por añadidura, redundarían en menores importaciones de derivados (por ejemplo gasolinas) y de petroquímicos.

Entre 1999 y 2006 el saldo comercial neto de Pemex arrojó un superávit por 120.7 mil millones de dólares. Nominalmente, en ese lapso sus ingresos antes del pago de impuestos sumaron 2.908 billones de pesos. Después de pagar impuestos (3.097 billones), arrojó un déficit acumulado por 188.5 mil millones. Aunque en 2006 Pemex logró un superávit neto por 42.5 mil millones, entre 1988 y 2005, cada año, registró perdidas (242.6 mil millonesacumuladas). La asfixia financiera de Pemex tiene su contrapartida: la alta aportación de los ingresos petroleros en el total presupuestal del sector público (38% en 2006). En lugar de promover una verdadera reforma fiscal que obligue a los empresarios y a los sectores de altos ingresos a pagar sus impuestos, a gravarlos progresivamente o reduzca la evasión, la corrupción o elusión de impuestos, los neoliberales prefieren saquear las finanzas de Pemex. Por esa razón, la paraestatal ha tenido que endeudarse. Al cierre de 2006 su débito total consolidado sumó 52.3 mil millones de dólares.

La expoliación tiene otro sentido: privilegiar la inversión privada (Pidiregas) sobre la pública. Inversiones que se desconoce su naturaleza (costos, calidad, etc.) y que virtualmente han hipotecado el futuro de Pemex. En 1977 aquella representó 14.5% del total y en 2006 el 98.1%. Por si no fuera suficiente, para el 2007 todo el presupuesto que propuso Calderón para la empresa será destinado al Pago de Pidiregas pasados, y el total de la inversión será realizada por los chacales. Las obras que se realizarán en el Golfo de México o en la Cuenca de Burgos, por ejemplo, será concesionada al capital privado.

Con esa política petrolera Calderón terminará por destruir a Pemex y la nación. Al cabo, para eso el bloque de poder dio su golpe de estado técnico y entronizó al panista, quien cumple satisfactoriamente su tarea que le fue encomendada.

 

Periodista e investigador del programa de Ciencia, Tecnología y Desarrollo, El Colegio de México.

 

Año V No. 51 Abril 2007

 

Esperamos sus comentarios sobre esta investigación:  

Nombre:
E-mail

Comentario:


 

 

 

 

 

 
 

Archivo | Noticias diarias | Publicidad | Directorio | Suscripciones | Contacto

Revista Fortuna. Av. Juárez No. 88, primer piso, despachos 110 y 111 Colonia Centro. Delegación Cuauhtémoc.
México D.F. C.P. 06040 | Tels: 9149-9802, 29 | Tel/Fax: 9149-9822 | Suscripciones: 9149-9802

Diseño web, Weblex, pagina en internet, Diseño de Paginas Web en Mexico. Sitio web

Recomienda