Fortuna

El día después de la toma de posesión

Héctor Amador*

El requisito auténtico de la verdad no es que lo sea sino que parezca verdadera Juan García Ponce

El presidente admiraba a través de la ventana de su oficina los impecables jardines de Los Pinos. Aún no cumplía 24 horas en el cargo. Toda su vida ambicionó vivir aquí. Ayer lo logró finalmente. Le costó trabajo conciliar el sueño anoche por las emociones del día de la toma de posesión. De pronto sus pensamientos fueron interrumpidos. Hubo unos leves toquidos a la puerta, mientras giraba su sillón invitó a pasar. Un militar abrió la pesada puerta de cedro y permitió la entrada del nuevo secretario de Hacienda. Después de saludarse el financiero se sentó al otro lado del escritorio para iniciar lo que sería el primer acuerdo del gobierno recién inaugurado.

“Tendremos que presentar el nuevo presupuesto pero antes quiero modificar la propuesta que dejó mi predecesor,” comentaba el presidente mientras tomaba uno de los puros cubanos que El Comandante le regaló anoche en la cena de gala.

El ministro asintió la cabeza al mismo tiempo que abrió su carpeta de piel para anotar en las hojas amarillas con su pluma Mont Blanc.

“Hay que incrementar el gasto. Fui electo con la promesa de reactivar la economía. Quiero que México vuelva a crecer. Vamos a apoyar a los más necesitados. Quiero impulsar la obra pública para crear empleos y la infraestructura del país. El déficit público se puede elevar sin problema si logramos estimular la actividad productiva. Hay que revisar y reorientar el gasto con ese criterio.”

El secretario apoyó su carpeta y pluma sobre el escritorio, cruzó la pierna derecha y entrelazó las manos.

“Entiendo sus deseos y los comparto. Sin embargo, no tenemos margen para hacerlo. Existe la ‘Ley Federal del Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria’ que nos obliga a mantener en equilibrio las finanzas públicas.”

El presidente hizo un pequeño puchero y alzó los hombros en señal de indiferencia.

“La ley que sea la derogo. Jamás me han detenido las leyes para hacer lo que quise. Cuando incendié la presidencia municipal de Chilpancingo porque me robaron mi triunfo como presidente municipal me amenazaron con la cárcel y sin embargo me salí con la mía,” comentó el primer mandatario con un evidente tono de satisfacción.

“Pero, señor presidente,” reanudó el ministro, “cada vez que se menciona déficit público es equivalente a decir mayor deuda. Echeverría y López Portillo se dedicaron a gastar dinero y abusaron del crédito sin ningún recato. ¡Entre los dos aumentaron la deuda 20 veces! Todavía hoy sufrimos las consecuencias de aquel frenesí de populismo. No podemos seguir aumentando los pasivos del gobierno. Ya en estos momentos es demasiado. Esos préstamos nunca se liquidan. Sólo nos dedicamos a pagar intereses. Es como si a su tarjeta de crédito continuamente le incrementaran el límite, le carga más y usted únicamente paga lo mínimo o sea los réditos. Hay un momento en que con los ingresos que tiene no puede seguir pagando ni eso. Echeverría pensó que aventando dinero a cada problema iba a resolver todo. Cada día de su gobierno creó un fideicomiso específico para “resolver” un problema particular. Pero lo único que causó fue un caos y endeudamiento tremendo. La mejor forma de dar justicia social es preservando la estabilidad económica para que la gente no sufra inflación y paulatinamente pueda formar patrimonio. Poco a poco tienen acceso a préstamos de Infonavit y oportunidad de ahorrar sin que la inflación les coma lo guardado. Entran en un círculo virtuoso.”

El presidente endureció su rostro y arqueó la ceja mientras escuchaba la explicación. Nunca le gustó que alguien le contradijera y menos ahora que era el supremo poder.

“Para que se dé una idea del problema deje mencionarle que hace un año se gastó en intereses más de cinco veces lo que se dedicó a salud. Por cada peso que se gastó en educación se gastaron 1.3 pesos en servicio de deuda. Cada vez las cifras son más dramáticas porque la deuda aumenta y la recaudación se estancó. Por lo tanto, esas comparaciones hoy son todavía peores y más preocupantes. Simplemente, no hay margen de maniobra.”

El presidente cortó una de las puntas del habano mientras meditó un instante sobre lo que escuchó.

“¿Nunca se hizo algo para tratar de reducir la deuda?” preguntó el mandatario con tono de incredulidad ante lo que se le planteaba al mismo tiempo que acarició su espeso bigote.

El ministro continuaba con su relato cuando observó al presidente encender el puro. “Hubo oportunidades históricas que se desperdiciaron. Por ejemplo, cuando se privatizaron paraestatales y bancos. Se tuvieron fuertes ingresos por su venta. Se debió usar el dinero para amortizar deuda. De esa manera se quitaba la carga del pago de intereses y lo ahorrado por no pagar réditos se pudo haber dedicado para obra pública, salud, seguridad o educación. Pero irresponsablemente se gastó. Por buscar el aplauso fácil y una popularidad efímera no se eliminaron pasivos. No se tomó en cuenta el beneficio a largo plazo de disminuir el compromiso de cumplir con los intereses.”

El presidente recordó sus sueños. ¡Gastar para que le aplaudieran! Disfrutar de una gran popularidad. Sentirse aceptado y reconocido. ¡Para eso luchó toda su carrera política! En su niñez se burlaban de él por su torpeza física y nunca fue aceptado por sus compañeros en la escuela. Aparte estaban aquellas dos tragedias en su pasado. Los pasajes de su juventud que todavía hoy lo despertaban con pesadillas. Aquellos incidentes lo marcaron para toda su vida con una terrible inseguridad, desconfianza y temor hacia toda la gente. Le moldearon la conflictiva personalidad que tenía. Por eso imaginaba confabulaciones en su contra en todas las esferas. Hoy quería sentir el cariño de la gente. Quería por fin ser aceptado.

El secretario continuaba en su narración sin percatarse que su jefe se distrajo un instante y la oficina se llenaba con olor a humo de puro.

“Otro momento clave fue con la reestructura de la deuda de Salinas. Se emitieron unos bonos llamados Brady, en honor a quien los inventó. Esos bonos se pagaban solos. Al momento que se emitieron se les puso como garantía bonos cupón cero del Tesoro de los Estados Unidos...”

“¿Qué es un bono cupón cero?”, interrumpió el presidente sin ocultar su sorpresa, ya que ignoraba todo lo relacionado con las finanzas. Cursó algunos semestres de derecho pero siempre reprobó materias hasta que se aburrió y abandonó los estudios, aparte todo lo concerniente a números le fastidiaba y se le hacía complicado.

El responsable de la hacienda pública suavizó su gesto. “Son bonos emitidos a vencer en digamos 30 años. Durante ese lapso no pagan intereses en efectivo. Se suman al capital y al cabo de los 30 años en una sola exhibición se recibe la suma de los intereses y el capital. Por ejemplo, un bono cupón cero que en 30 años pagará cien, tal vez hoy se compra en cinco y la diferencia serán los réditos que se acumulen en dicho plazo.”

El presidente respiró profundo y asintió mostrando que entendió. Con su mano derecha recostó el puro en el cenicero.

“¿Lo que no comprendo es cómo es que los Brady se pagaban solos?” manifestó el presidente.

El ministro reanudó su explicación.

“En la reestructura de Salinas, los cupón cero, el día que vencían lo hacían simultáneamente con los Brady que se emitieron. Con el dinero de los cupón cero alcanzaba para pagar los Brady. Es decir, se liquidaba automáticamente todo el capital de los Brady. Es como si a cada Brady le hubieran engrapado un cupón cero. De tal forma que el acreedor tenía certeza absoluta que su capital se le pagaría cuando se cobrara el cupón cero. La única duda era si México iba a poder pagar los intereses. Por lo tanto, eran bonos relativamente seguros. Pero a predecesores míos se les ocurrió después que si conseguían otros créditos podrían pagar anticipadamente y cancelar los Brady. Entonces resultaba que la garantía de los Brady, los cupón cero, se liberaba y de inmediato los vendían y se quedaban con el dinero, producto de la venta, para gastárselo. Eso fue el colmo. Los Brady se pagaban solos pero por la voracidad de obtener la garantía que tenían los cancelaron. Nuevamente pensando sólo en el corto plazo.” 

El Presidente se rascó la amplia calva que tenía, escuchaba con atención y estiraba otra vez la mano para acercar el puro a sus labios.

“Aparte, nuestro margen de maniobra es muy reducido. La población en México envejece. Todos los que nacieron en los 50’s y 60’s en los próximos años se jubilarán. Con dificultades se les dará la pensión necesaria para tener un final de vida digno. Tenemos que prepararnos para dichos compromisos. Por lo tanto, el poco dinero que queda se tiene que ir a dichos gastos. El ISSSTE está totalmente quebrado y entre las pensiones que se pagan y el servicio médico cada día requiere mayores subsidios. Lo mismo le pasa al Seguro Social, que en muchas clínicas ya no tienen ni para alcohol o algodón. Muchos menos para equipo médico o sofisticado. Aparte, el sindicato del IMSS nunca permitió una reforma para el sistema de jubilados de sus empleados. Las necesidades que tienen son tremendas y ya no hay dinero. ¡Los fiscales no alcanzan! No hay bolsillo para los compromisos ya establecidos, mucho menos para nuevos proyectos. Antes de que concluya su administración el pago por las pensiones será el renglón más importante del presupuesto.”

El presidente se acomodó en su sillón antes de abrir la boca. “¿Lo que me dice es que yo no podré realizar todos los planes que quiero porque no hay fondos? “El Programa de Apoyo para la Tercera Edad” ¿no es viable? ¿Es eso? ¿Dice que no podré repartir una pensión mensual a todos?”

El tono presidencial era de contrariedad y dureza, pero el ministro no se veía intimidado ante la molestia del jefe del país., inclusive esbozó una mueca de fastidio.

“Así es. Como le expliqué, no alcanza ni para pagar las pensiones a aquellos que toda su vida trabajaron con la promesa que algún día la recibirían del ISSSTE o del IMSS, mucho menos tenemos recursos para pagarle a gente que nunca en su vida se la esperó. Nadie actuó pensando en el largo plazo. Todos solamente quisieron gastar para cosechar el aplauso fácil.”

“¿Qué se debió haber hecho?”

 

“En primer lugar ahorrar. Compactar toda la maquinaria del gobierno y reducir estructuras. Al mismo tiempo una profunda reforma fiscal que ampliara efectivamente la base gravable y acabara con la economía informal. Mostrar imaginación y aplicar las medidas sin temor. Con inteligencia y creatividad se puede enfocar el poco gasto disponible a rubros donde mayor beneficio brinde.”

Al escuchar tal comentario el jefe de la nación dejó caer molesto el puro en el cenicero. “Lo que me propone va en contra de lo que quiero. Aumentar los causantes fiscales implica que alguien que hoy no paga impuestos mañana sí lo hará. En primer lugar me odiaría esa persona y en segundo lugar votará en contra de mi partido en las siguientes elecciones.”

El presidente estuvo a punto de revelar que su plan era obtener la mayoría absoluta en el Congreso en 3 años y cambiar la Constitución. Le reelección sin límite. Eso es lo que quería. El país necesitaba de su sabiduría para siempre. El límite a la reelección estaba bien para los otros tontos pero no para un prócer como él. Alguien predestinado para salvar al país. El hombre llamado “La Ilusión”.

“Lo siento, pero aumentar gasto sólo por el gusto de tener mayor gasto no se puede. Usted me contrató para enderezar las finanzas. Yo acepté bajo esas condiciones y no voy a ceder. Usted me dijo que tendría libertad para hacerlo.”

 

“Pero primero instrumentamos mi programa. Después haga lo que quiera.”

 

“No. No se puede. Hay que pensar en el largo plazo. Porque nadie lo ha hecho estamos donde estamos. O se hace lo que digo o nos hundimos.”

 

El presidente respiró profundo.

“Muéstreme un estudio y lo platicamos,” ordenó el jefe del Ejecutivo con seriedad.

Cuando quedó a solas el mandatario giró su sillón y nuevamente admiró el jardín mientras fumaba el puro. Tenía que buscar a un nuevo secretario. Alguien que fuera flexible. En lo que le traían el estudio tendría tiempo para ubicar a un nuevo ministro. A nadie que piense en el largo plazo le aclaman hoy o tiene altos índices de popularidad en las encuestas ni lo reeligen. Pensar en lo mejor para el largo plazo. ¡Qué absurdo! ¿A quién le importa el largo plazo? ¿Hacer el trabajo hoy y que en 10 años otro se lleve el aplauso? ¡Jamás! ¿Acaso el día de las votaciones los electores piensan en lo mejor para el largo plazo?

 

*Economista egresado del ITAM

Hectoramador2005@aol.com

 

 

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