Negocios

Juan Sánchez Navarro, El hombre tras el poder

Enrique Pérez Quintana

Influir en el poder político y económico de una nación a lo largo de un siglo es un logro que habla de habilidad y, desde luego, de contundencia. Tal fue el caso de Juan Sánchez Navarro y Peón, quien desde la cúpula de trece organizaciones de empresarios de México, asesoró y articuló el pensamiento de los poseedores del capital, mientras que los detentadores del poder político –o quienes aspiraban a tenerlo–, rogaban su cercanía. Obtuvo las licenciaturas en derecho y en filosofía por la UNAM, en la que también fue catedrático por 46 años. Fue discípulo de José Gaos, José Ortega y Gasset y Luis Recasens Siches, en España tras su estancia como becario. Ejerció el periodismo en 1935 en el Novedades de Ignacio Herrerías; más tarde dirigió una empresa de publicidad hasta que recibió la invitación de Manuel Gómez Morín a participar como fundador del Partido Acción Nacional y en su primer órgano de difusión, Voz Nacional.

Entonces se delineó el perfil de este hombre que logró hacer permanente el vínculo entre lo político y lo empresarial. De ahí su relación con los presidentes de México, a partir de Miguel Alemán, con los principales hombres de negocios del país y del extranjero así como con intelectuales y artistas, con los cuales convivió durante décadas.

Fue presidente o consejero en trece organismos empresariales. Destacan la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio (Concanaco, 1957-58), la Confederación de Cámaras Industriales de los Estados Unidos Mexicanos (Concamin, 1962-63), el Comité Coordinador de Actividades Internacionales de la Iniciativa Privada; el Centro Industrial de Productividad; la Asociación de Industriales de América Latina; el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios (CMHN) y el Consejo Coordinador Empresarial (CCE).

De igual manera presidió o fue vicepresidente de 19 empresas, entre ellas la Cervecería Modelo, Fundación para Estudios de la Población, Banco de Comercio, Banco Internacional, Grupo Industrial Interamericano, Tubos de Acero de México, S.A. y la Fábrica Nacional de Malta y consejero de los grupos MÉXICO y CREMI.

Los apellidos Sánchez Navarro eran ya fórmula de garantía para los empresarios de las distintas ramas productivas, fundamentalmente la cervecera. De la mano de Nemesio Díez y Antonio Fernández, conformó el Comité Ejecutivo del Consejo del Grupo Modelo, al que ingresó en 1943 por invitación expresa de Pablo Díez.

Alicia Ortiz Rivera en su libro Juan Sánchez Navarro. Biografía de un testigo del México del siglo XX (1997, Editorial Grijalbo) desmenuza la influencia del abogado Antonio Pérez Verdía Berdier y del juez Adolfo Desentis en el personaje, cuando trabajó en sus despachos, antes de viajar a Madrid en donde nutrió su pensamiento intelectual con los conceptos de su profesor de Derecho Político, Fernando de los Ríos; de Gastón y Marín, de Derecho Administrativo; y Rafael de Altamira, de Instituciones Jurídicas de América.

Algunos de sus profesores españoles y amigos entrañables, se refugiaron en México al estallar la Guerra Civil, y fundaron El Colegio de México, al que Sánchez Navarro reconoció como una excelente institución, aunque criticó algunas “desviaciones” ideológicas, como ser demasiado gubernamentales, casi totalitarias, pero de gran riqueza metodológica, decía.

El hombre que emprendía negocios con éxito, tituló su tesis de filosofía “El concepto cristiano y la propiedad”, en la que expuso los fundamentos filosóficos desde un enfoque teológico de la propiedad, cardinal en su propia filosofía empresarial que, años después, inspiró sus tesis sobre la propiedad ante la tendencia del Estado de controlar cada vez más la actividad económica.

Su pensamiento fue básico en el desarrollo de una ideología empresarial que buscó preservar espacios a la iniciativa privada.

De militante a empresario

El registro 106 y la credencial número 310 testificaron la participación de Juan Sánchez Navarro en el nacimiento del PAN, como activo conferencista en temas de historia nacional. Las tesis fundamentales del naciente partido, que él compartía plenamente, eran contrarias a la visión de la lucha de clases como motor fundamental del devenir histórico.

A los pocos años, Sánchez Navarro consideró que su trabajo en el partido se contraponía con su naciente actividad empresarial y decidió separarse. La idea le sobrevino dictando una conferencia sobre la responsabilidad de los empresarios.

Con Miguel Alemán y el cambio de un sistema civil, los empresarios adquirieron un protagonismo inédito. Similar a lo que sucedió décadas después, cuando de una economía cerrada se pasó a una abierta, con Carlos Salinas y hubo un nuevo “boom” de nouveaux riches. Juan Sánchez Navarro reconoció cierto paralelismo entre ambas administraciones. La amistad y el amiguismo como base de la corrupción en los sexenios de Miguel Alemán y de Carlos Salinas.

Como gerente de la Cervecería Modelo, Juan Sánchez Navarro entró en contacto con las organizaciones empresariales. Como vicepresidente de la Concanaco, y cuando los comerciantes sentían amenazas por el eventual establecimiento en el país de cadenas de tiendas estadounidenses, realizó un minucioso estudio sobre inversiones extranjeras. Su análisis concluyó que debía aceptarse la inversión extranjera, pero como asociada de la nacional y como complementaria de ésta, sin convertirse en competidora de las empresas mexicanas.

Al asumir la presidencia de la Concanaco (1957-58) Sánchez Navarro recordó que en la Constitución Mexicana se protege el régimen económico de la iniciativa privada y de la libre empresa “armonizándola con la acción pública del Estado que vigila y complementa la actividad de los particulares”.

Como presidente de la Concamin (1962-63), apoyado por los industriales de Monterrey, alertó sobre lo que definió como “el aspecto más trágico de la carrera por el desarrollo económico: el aumento del grado de desigualdad entre las naciones altamente industrializadas y los países subdesarrollados; el privilegio de la riqueza de los pocos países y la miseria en masa de la gran mayoría de las naciones del mundo”.

En el contexto de la guerra fría y el apoyo del gobierno mexicano a Cuba, en 1962, el sexenio de don Adolfo López Mateos y a iniciativa de Bruno Pagliai, nació el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios (CMHN). Los empresarios veían la necesidad de crear instancias de mediación entre ellos, el Estado y la sociedad civil.

Este Consejo se fijó el objetivo de promover a México en el exterior como lugar confiable para las inversiones. Esos hombres de negocios fueron: Cesar Balsa, Aníbal de Iturbide, Jorge Larrea, Agustín Legorreta, Rómulo O'Farril Jr., Carlos Prieto, Bernardo Quintana Arrioja, Antonio Ruiz Galindo Jr., Camilo Garza Sada, Carlos Trouyet.

Juan Sánchez Navarro, primer presidente del CMHN, redactó los primeros estatutos “en momentos en que había muchas dudas sobre la orientación económica y política. No se sabía si íbamos hacia el socialismo o si, por el contrario, había la determinación de que participáramos en la economía libre”, recordó y se refería al Consejo como una organización “discreta pero no secreta”.

En mayo de 1975 se creó el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) para cerrar las filas del sector, pero paradójicamente más ligado a la relación positiva con el Estado. Las evaluaciones de Juan Sánchez Navarro y Eustaquio Escandón sobre la situación económica, en el gobierno de Luis Echeverría, advertían ya el problema de la fuga de capitales, y la precaria estabilidad del peso frente al dólar.

El apoyo que los empresarios ofrecían al presidente, a quién respaldaban aún con las críticas que le hacían, no quedó en documentos escritos. Así definió Juan Sánchez Navarro a este nuevo órgano en una misiva a Hugo B. Margaín, secretario de Hacienda en julio de 1975.

“El CCE tiene una función muy particular: la de ayudarle al licenciado Echeverría a salir de sus problemas. Tú también sabes que ése es nuestro único anhelo, el que no se equivoque en su decisión fundamental, y para ello estamos dispuestos a cumplir el papel de pararrayos en la vida mexicana.

Entretanto, durante el sexenio de López Portillo, el CMHN resolvió que era preciso volver la mirada hacia la situación interna del país y ampliar su campo de acción. Por ello el Consejo se reunió con el mandatario en noviembre de 1978 y le propusieron alternativas para canalizar la riqueza petrolera, los excedentes de Petróleos Mexicanos, para apoyar a otras industrias y avanzar en una “prudente liberación del comercio exterior”.

Que hubiera llegado la era de los “financieros en el poder” no fue garantía de un buen manejo de las finanzas públicas. La política expansionista del gobierno y con ella el endeudamiento y la inflación.

López Portillo responsabilizó a la oligarquía de los problemas y tensiones sociales que ya no era posible ocultar. La acusó de atentar contra la estabilidad financiera del país y decidió expropiar la banca.

El CCE postuló la defensa de los intereses del empresariado afectado por la expropiación bancaria. Bajo la presidencia de Manuel J. Cloutier y con la activa participación de Juan Sánchez Navarro, se elaboraron documentos críticos acerca de la forma como se conducía López Portillo, y que agudizó la oposición empresarial sobre la conducción económica y política del país.

Con De la Madrid como jefe del Ejecutivo, el CMHN intensificó sus contactos con él y con su gabinete. Dar “opiniones” y “sugestiones” al gobierno en turno dejó de ser una tentación para volverse una práctica, hubo muestras de que tales propuestas sí eran atendidas.

Los primeros pasos del mandatario fueron las privatizaciones de importantes empresas, como las aerolíneas y la banca; la reducción del aparato estatal, observada con buenos ojos por los empresarios, aun con la secuela de desempleo que trajo consigo, y el inicio de la apertura comercial.

Desde el inicio de su gestión, Carlos Salinas de Gortari tuvo el apoyo total de los más importantes hombres de negocios en general, y de Juan Sánchez Navarro en particular. El 1 de diciembre de 1988, cuando asumió la presidencia Carlos Salinas, Sánchez Navarro dirigió un mensaje a los empresarios reunidos en el Palacio de Iturbide.

Dijo en esa ocasión: “¡Éste es el proyecto mexicano hacia el siglo XXI y hacia la modernidad! ¡México espera un nuevo amanecer en que la nación tenga una política plural y democrática y una economía estable y próspera, cuyos beneficios sean distribuidos con mayor equidad, todo lo cual señala el camino hacia la modernidad!”.

Las reformas que consolidó y los éxitos en materia económica que logró Salinas no ocultaron las insuficiencias políticas de su administración. Su desprestigio se empezó a notar mucho antes de aquel fatídico diciembre de 1994, el de los “errores”.

Luis Donaldo Colosio como candidato a la presidencia, le solicitó una entrevista. Le consultó cuales creía que eran los problemas más urgentes que debería abordar en su campaña y en su plan de gobierno. Sánchez Navarro le dijo que la falta de seguridad en el país era prioritaria como un problema, ligado a otros graves: el narcotráfico y la corrupción, ante los que se imponía una reforma que diera a las instituciones mejores instrumentos para atacarlos.

Hablaron también de Chiapas, coincidieron en que era un conflicto decidir entre una solución política y una militar. Colosio le dejó una muy buena impresión a Sánchez Navarro, le agradó su capacidad de escuchar, su actitud de apertura a otras opiniones.

Cualidades que no vio en Ernesto Zedillo al principio de su mandato y a cuya ausencia atribuyó en buena medida, varios de los errores al inicio de su administración, como la integración de su gabinete. A diferencia de sus antecesores, Zedillo no buscó el encuentro ni la comunicación frecuente con Sánchez Navarro, su actitud parecía más fría conforme Sánchez Navarro mantuvo su crítica constante.

En los primeros meses de 1995, Sánchez Navarro centró su discurso en convocar a un Plan de Reconstrucción Nacional para salir de la crisis. Insistió en que estaban dadas las posibilidades reales de alternancia en el poder y señaló cuantas veces se lo pidieron que “México tiene todo para ser un gran país, menos un buen gobierno”.

A pesar de todo Zedillo siempre tuvo el apoyo de los empresarios. Así fue el 3 de noviembre de 1995, quizá el día más crítico de ese gobierno, cuando se desató el rumor de que el Ejército estaría listo para dar un golpe militar, rumor que Sánchez Navarro calificó de “malévolo” e “infundado”, pero cimbró las bases mismas del poder en México.

No hubo golpe militar y en opinión del empresario –quien gozó de la comunicación inusualmente frecuente que, a petición de los más altos mandos del Ejército, mantuvo con ellos– “eso nunca pasó por la mente de las autoridades castrenses en el país”.

Estos son algunos de los hechos que llenaron de contenido y sentido la vida de Juan Sánchez Navarro, el filósofo y hombre de negocios que a sus 92 años abandonó el rubro de ideólogo de los empresarios para pasar a la historia, el 12 de febrero pasado.

 

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