El fantasma de Alan Greenspan
El reciente cisma de los mercados financieros a raíz del incremento de los bonos federales del gobierno estadounidense tuvo un autor: el propio presidente de la Reserva Federal de ese país: Ben Bernanke, quien en un intento por apartarse de la sombra de Greenspan provocó un total descontrol entre los inversionistas. La historia, sin embargo, no ha terminado, pues Bernanke aún intentará algunas innovaciones que pueden resultar sumamente riesgosas
Edgar Amador*
En ocasiones el éxito puede ser una catástrofe o, al menos, un gran problema. Para alguien que ha sido de manera permanente exitoso, es difícil reconocer cuándo se equivoca. Cuando alguien tiene que ser comparado contra un antecesor muy exitoso, usualmente ese factor se vuelve en un serio contratiempo. Algo parecido le está ocurriendo a Ben Bernanke, el nuevo jefe de la Reserva Federal (FED) de los Estados Unidos, quien, luego de un intento inicial por despegarse de la sombra de su mítico predecesor, no ha tenido más remedio que quedar preso en su horizonte.
Pocos economistas en el mundo tienen las credenciales para dirigir la FED que tiene Ben Bernanke. El fue uno de los renovadores de la teoría monetaria, y fue durante muchos años un estudioso y modelador del comportamiento de la Reserva Federal, muchas de las innovaciones que ahora son tomadas como hechos consumados en materia de política monetaria, fueron esbozados por Bernanke y algunos de sus colegas hace ya más de veinte años.
Pero pasar del dicho al hecho, ha mostrado ser un arduo trecho para el teórico Bernanke. Al menos dos de sus propuestas de política monetaria, resultado de un impecable desarrollo matemático, están a punto de ser abandonadas por su creador debido al enorme éxito que Alan Greenspan tuvo en el manejo de la política monetaria.
Estas dos propuestas son una política de máxima transparencia, y el de establecer objetivos de inflación.
Durante mucho tiempo, Bernanke sostuvo una amable crítica hacia la forma en que Alan Greenspan comunicaba la política monetaria a los mercados. Hay una línea de un poema de Paul Eluard que dice, “Parler sans avoir rien a dire”, “hablar sin tener nada que decir”. Greenspan hizo de esa línea eluardiana su máxima. Había ocasiones en que Greenspan hablaba por horas, e incluso respondía a preguntas maratónicas en el Congreso, sin decir algo verdaderamente sustantivo, que permitiera dilucidar el derrotero de corto plazo de la Reserva Federal para los inversionistas.
Bernanke cree (o creía), que tal falta de claridad introduce un componente de incertidumbre en los mercados que implica un premio de riesgo, es decir, tasas más altas, y que lo mejor es decir claramente lo que la FED piensa hacer en el futuro. Pero, como Lenin decía, los hechos son tercos. Bernanke quiso hacer un experimento de transparencia, y el resultado fue un espantoso ridículo que ya marcó su muy joven carrera al frente de la FED.
En declaraciones preparadas para el Congreso de su país, Bernanke dijo claramente que la FED podría hacer una pausa en su ya largo período de incrementos en las tasas de interés de corto plazo. Lo dijo tan claro, que los mercados, que siempre anticipan, no sólo leyeron que venía una pausa sino que el siguiente plazo ineluctable era un recorte y que, por lo tanto, los bonos deberían de subir de precio: las tasas en todo el mundo cayeron, el dólar se depreció, el peso y el real se fortalecieron, y las bolsas de Latinoamérica tuvieron un rally que dejó a todos perplejos.
Cuando Bernanke vio que lo que había dicho había causado un efecto que él no buscaba, se lo dijo a varios reporteros, y estos lo dijeron al aire, jubilosos de la confidencia con la que fueron favorecidos por el jefe de la FED. No lo hubiera hecho, ese mismo día los mercados tuvieron una reacción igual de virulenta, pero en sentido inverso. Buscando disminuir la volatilidad al decir con claridad lo que él pensaba, el resultado fue justamente el contrario.
Si Greenspan a veces hablaba sin decir nada, era muy probablemente debido a que no sabía lo que tenía que hacer. Su humildad intelectual fue siempre un valioso activo: parecía aceptar que es imposible conocer el futuro de manera precisa, y que su oficio era uno de tinieblas, buscar entre la niebla el camino correcto. La mayoría de las veces la evidencia no era concluyente, y por lo tanto, era preferible no enviar un mensaje claro respecto de la ruta de corto plazo de la FED. Su discurso de hecho, fue siempre un reflejo de la realidad que veía, y no un reflejo de su creencia.
En ese sentido, Greenspan fue lo más transparente posible: la transparencia no siempre significa claridad, muchas veces detrás de la cristalina ventana lo que existe es una cerrada niebla que no deja ver. Es preferible entonces hablar como la niebla, que decir lo que se cree que existe detrás de las nubes.
Objetivo en inflación, el otro reto
El otro proyecto en el cual Bernanke muy probablemente acabe adoptando la estrategia de Greenspan es en el de fijar un objetivo de inflación. Y en esto quizá su rendición será aún más apesadumbrada, pues él es uno de los creadores de tal política que un número creciente de países en el mundo, incluyendo México, han decidido seguir.
La política de objetivos de inflación es muy sencilla: si se estima que la inflación puede crecer por encima de un objetivo que se considera adecuado, entonces la FED subiría tasas, si la inflación está por debajo, entonces la FED debe de bajar las tasas. Esta simplicidad hace que llevar a cabo la política monetaria sea relativamente fácil, y la comunicación con los mercados sea casi inmediata.
Greenspan, sin embargo, se opuso siempre a tal estrategia. Primero existe una razón legal: la FED tiene el mandato de garantizar el mayor crecimiento con la inflación más baja posible. Es decir, si se quisiera establecer una política de objetivos de inflación, debería de cambiarse la carta orgánica de la FED.
Pero en realidad Greenspan se oponía por razones mucho más pragmáticas, y la más importante de ellas es tan simple como ésta: ¿cómo medimos la inflación? A Greenspan le tocó presidir un período extraordinariamente complejo en la economía mundial, que implicó cambios estructurales y de productividad con objetivos amplios y profundos. Esto se tradujo en que muchos indicadores que antes eran usados para que la FED monitoreara la economía, tales como el índice de precios al consumidor, dejaran de ser útiles.
Actualmente por ejemplo, la FED rastrea al menos cinco indicadores de precios distintos con el fin de buscar evidencias de presiones inflacionarias en diversos sectores de la economía, pero lo más importante de este problema radica en el hecho de que la solución final de Greenspan fue no depender de un solo indicador de precios. A veces miraba el IPC, a veces miraba el subyacente del gasto del consumidor, a veces miraba el deflactor implícito del PIB, otras veces los costos laborales y, en ocasiones, se fijaba en las remuneraciones por hora. La inflación puede tomar múltiples formas, y Greenspan consideró que no era adecuado tomar un índice específico para monitorearla.
Acertó entonces, y probablemente siga teniendo razón ahora, y esto significa que Bernanke tenga que resignarse a dar marcha atrás en sus intenciones de empujar una política de objetivos de inflación y seguir viviendo, al menos durante un tiempo, a vivir bajo la sombra de su predecesor.
*Economista y comentarista de Monitor. edgar@smra.com
|
|