Guillermo Ortiz: por un puñado de dólares
Edgar Amador*
Justo cuando estamos dando el punto final a esta nota, el Banco de México acaba de permitir que las tasas de interés en México comiencen a bajar, y de 9.75 por ciento se han ubicado en 9.50. Sin embargo, casi con seguridad, esa pequeña disminución no hará mucho para reducir el enorme stock de bonos mexicanos en propiedad de extranjeros, ni depreciará al tipo de cambio sensiblemente, ni reactivará el mediocre crecimiento al que parece ser ya nos acostumbramos en México. En otras palabras, a pesar de que las tasas de interés bajen para cuando esta nota salga a la luz, los comentarios hechos aquí seguirán siendo- quiero creerlo- pertinentes.
Vayamos directo al grano: soy de la convicción de que, al menos en parte, la falta de crecimiento de la economía mexicana se debe, en el corto plazo, a que el tipo de cambio se encuentra demasiado fuerte. El exceso de restricción monetaria aplicada por el Banco de México ha provocado un torrente de dólares hacia nuestra economía, la cual, conjugado con la bonanza petrolera, las masivas transferencias de los trabajadores mexicanos en los Estados Unidos, y la inversión extranjera directa, han apreciado nuestra moneda hasta un punto en que está encorsetando al crecimiento de la economía.
Un peso demasiado fuerte no nada más tiene influencia porque infla a las importaciones y deprime a las exportaciones, sino porque internamente hace más rentable invertir en sectores de baja productividad, que en los sectores con mayor productividad.
Si un tipo de cambio demasiado fuerte reduce la productividad promedio de la economía, y si concedemos que, como efecto de las remesas, el boom petrolero, la inversión en bolsa y en bonos, y la inversión extranjera, los mexicanos debemos de trabajar menos horas para conseguir los mismos dólares; entonces, la decisión racional como economía debería de ser la de trabajar menos, y por lo tanto, el estancamiento al que parece estamos condenados, es un resultado lógico.
Ya han comenzado a negarlo, señal de que es probable que sea cierto, y las declaraciones recientes del secretario de Hacienda y otros funcionarios sugieren que el debate respecto del tipo de cambio se va a intensificar en los próximos meses. Esto es bueno y lo debemos de alentar. El argumento del secretario de Hacienda es uno que ya habíamos anticipado en estas páginas (Ver: “Lo que es malo para General Motors es malo para México”), y en mi opinión, tiene razón, pero no es toda la verdad.
Cierto, parte del malestar que aqueja al sector exportador y manufacturero de México se debe a que, debido a su gran dependencia de las tres grandes automotrices de Estados Unidos (General Motors, Ford y Chrysler), las cuales están batiéndose en retirada ante el embate de sus rivales japonesas y europeas, las ventas al exterior se han estancado. Cierto, pero eso no es todo, y no sólo el estancamiento de las exportaciones no petroleras, sino el de numerosos sectores de la economía doméstica se deben a que el peso está demasiado fuerte.
Los cálculos son sencillos. De acuerdo con las últimas cifras de la Secretaría del Trabajo, los costos laborales están creciendo a una tasa anualizada de cerca de cinco por ciento, mientras que el peso se ha apreciado en el último año entre cinco y el seis por ciento. Eso quiere decir que, para competir contra el exterior (China por ejemplo), y suponiendo que la productividad de nuestros competidores no haya crecido, la productividad en México debería de crecer a un 11 por ciento si quiere mantener su cuota de mercado allí en donde enfrenta la competencia de sus productos, y en el mercado interno.
La mayoría de los pocos estudios existentes al respecto muestran que la productividad en México crece en niveles que fluctúan entre el cuatro y cinco por ciento al año. Lo anterior quiere decir que la apreciación excesiva del peso ha golpeado a aquellos sectores que enfrentan la competencia externa, tanto afuera como adentro, y ha reducido sus márgenes de utilidad. Al caer las ganancias en esos sectores, la inversión se ha ido a aquellas actividades que no enfrentan competencia externa: bienes raíces, comercio minorista, servicios generales, etcétera, en donde la productividad es mucho más baja que en las ramas manufactureras.
Ante este argumento (“que el peso está demasiado fuerte”), muchos podrán estar en desacuerdo, pero lo que es indiscutible es que no hace falta que esté tan fuerte. Tenemos demasiados dólares. Incluso, lo bueno cansa, incluso la belleza harta: todo exceso, incluso de dicha situación, puede convertirse en su contrario, y la irónica tragedia de la economía mexicana en estos días es que tenemos mucho de lo bueno. Tenemos demasiados dólares, tantos que nos están impidiendo crecer, y lo peor de todo, lo está impidiendo porque no hay motivos para crecer.
¿Para qué crecer, para qué trabajar más horas, ahorrar más, consumir menos, si los dólares están llegando a carretadas? Llegan en las remesas a millones de familias; los gobiernos federales, estatales y municipales del país, sin hacer reformas ni esfuerzos fiscales, tienen más dólares provenientes del boom petrolero; los mercados de bonos locales están pletóricos de dólares de inversionistas extranjeros que vienen a ganar los jugosos intereses que les ofrece el Banco de México de Guillermo Ortiz. ¿Para qué trabajar, para qué crecer, si los dólares llegan solitos?
¿Cómo llegamos hasta aquí?
Hay dos razones, una estructural y una coyuntural:
-La estructural es que la falta de desarrollo tecnológico del país ha provocado que seamos una economía con un bajo crecimiento de la productividad: no hemos invertido en tecnología, ni en software, ni creado cadenas integradas de empresas. No hemos tenido una política industrial (en parte porque existen muchos economistas que están convencidos de que lo mejor es no tenerla), ni una política educativa que cree (y retenga en el país) la fuerza laboral necesaria para aumentar la productividad.
Por eso, porque nuestra economía es de bajo crecimiento de la productividad, el Banco de México sólo se sabe una receta para abatir la inflación: apreciar el tipo de cambio. Lo ha hecho una y otra vez, y estos últimos doce meses, lo hicieron de nueva cuenta. Cuando la inflación se le fue de las manos en el 2004, y la Reserva Federal (FED) comenzaba a sufrir: Guillermo Ortiz, el gobernador del banco central, convirtió lo que debería de ser una sinfonía clásica, en unas fanfarrias barrocas. Manejar un banco central es un arte, más que una ciencia; es una artesanía, más que una pieza de ingeniería. El entusiasmo barroco de México se extiende a muchos órdenes, y quizá la política monetaria sea proclive a los excesos. En otras palabras, quizá las tasas de interés en México están mucho más altas de lo que deberían, y la consecuencia de ese hecho es que tenemos demasiados dólares, muchos más de los que necesitamos realmente.
Solía ocurrir que cada seis años la economía de este país volaba por los aires debido a que no teníamos los dólares para pagar nuestras obligaciones. El remedio para traer los dólares faltantes era siempre el mismo, subir las tasas de interés de manera drástica para reconstruir las reservas y pagar nuestras cuentas. En esta ocasión, Guillermo Ortiz y su Banco de México, en el afán de protegernos de la inflación y de la volatilidad (¿cuál volatilidad?) internacional, dejaron que las tasas de interés se fueran para arriba, y sólo hasta la última semana de agosto han comenzado a bajar. El efecto que hemos visto es similar al que ocurría cuando teníamos problemas de balanza de pagos: carretadas de dólares, como si estuviéramos en una crisis de balanza de pagos como las que solían asolarnos cada seis años.
Hay que alumbrar al santo, pero no quemarlo. Los dólares, como el agua, son buenos, pero en dosis excesivas nos pueden ahogar, y eso podría estar ocurriendo con esta estrategia del Banco de México, que al subir las tasas de interés de manera quizás excesiva, ha producido una avalancha de divisas que ha apreciado al peso al punto de que tal fortaleza de la moneda podría representar una debilidad de la economía. Todo, como lo diría el gran director Sergio Leone en su película Por un puñado de dólares.
Director de la consultoría Portafolios
portafolios y comentarista de Monitor
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