Dinero llama dinero

La BMV: mercado de un solo hombre

Edgar Amador*

Incluso cuando tiene una buena idea, nuestra decepcionante Bolsa Mexicana de Valores, es su peor enemiga. El mercado de capitales mexicano es uno de los más ineficientes dentro de su categoría de mercados emergentes. Comparado con Brasil, en donde casi 600 empresas cotizan en Bolsa, el mercado mexicano es mediocre en términos de su impacto en el financiamiento a las compañías locales, y su liquidez dista mucho de compararse con la de mercados de países de desarrollo similar, tales como Corea o los países del sudeste asiático.

Que una empresa lleve a cabo una oferta pública de acciones en la bolsa es más raro que un eclipse, así que las alternativas que los inversionistas mexicanos tenemos para invertir nuestros ahorros son muy limitadas, sin considerar además que más de la mitad del valor de capitalización de la bolsa local es representado por las empresas manejadas por el talento de Carlos Slim y su familia, lo que significa una concentración de riesgo extremo para cualquier portafolios.

Como son incapaces de promover la colocación primaria de acciones de empresas locales, a los ejecutivos de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV), se les ocurrió una brillante idea: traigamos a empresas mundiales, listémonos en la BMV para que los inversionistas locales puedan adquirirlas sin tener que sacar sus ahorros y comprarlas fuera.

La regla más importante de la administración de portafolios es la diversificación: el comprar acciones de varios sectores, o de varios países, para así diversificar el riesgo, y limitar la exposición de las inversiones a un solo conjunto de factores. En otras palabras, un inversionista debería, en principio, estar expuesto a distintos tipos de riesgo, comprando acciones de distintos industrias, en diversos sectores, y denominados en varias divisas.

Claramente, el tener a las acciones mexicanas que cotizan en la BMV como la única opción limita mucho la diversificación del riesgo. Para empezar, todas las acciones están denominadas en peso, así que el riesgo cambiario no puede ser cubierto de esa forma; segundo, más de la mitad del valor de capitalización de la BMV lo concentran las empresas que en menor o mayor medida, son controladas por un solo hombre: Carlos Slim; y tercero, la BMV contiene acciones de compañías de un número muy limitado de sectores (por ejemplo, los inversionistas mexicanos no podemos invertir en acciones del sector bancario mexicano), y no ofrece acceso a opciones de nuevas tecnologías.

Las limitantes son muchas, como es evidente. Es por ello que traer a acciones de empresas de Estados Unidos, Asia, y Europa, para que coticen en la BMV fue una idea excelente. Primero, evita que los inversionistas más refinados y pudientes, que buscan diversificar sus inversiones con activos en el exterior, inviertan en casa; y segundo, amplía los horizontes de inversión para los ahorradores locales menos sofisticados.

La idea no tiene desperdicio. Si yo estoy convencido de que el mundo girará alrededor del internet en las próximas décadas, a pesar del descalabro reciente que ha tenido el Nasdaq, entonces puedo ir a la BMV y comprar acciones de la compañía que más produce equipo y redes para gestionar el acceso a la red: Cisco Systems. Si estoy convencido de que Bank Of America se está vendiendo a descuento respecto de las acciones de su rival, Citigroup, me basta llamar al ejecutivo local para ejecutar la compra.

Suena muy bien, de hecho, extraordinario. Pero lamentablemente, el gran problema de la economía de este país: los altísimos costos de transacción, sobre todo en el sector bancario, echan a perder esta magnífica idea.

Yo uso para comprar y vender acciones una corredora en línea estadounidense, TD Waterhouse, la cual me cobra 14 dólares por la operación. Eso quiere decir que, si compro el equivalente a 100 mil pesos de acciones de Microsoft, pago por la ejecución, en línea, en directo, alrededor de 160 pesos.

¿Cuánto tendría que pagar si quisiera hacer la misma operación en México?

Primero, es imposible hacerlo en línea, y es por tanto indispensable tener un contrato con una casa de bolsa local, en donde se firma un contrato en donde se especifica que el interesado es un “inversionista calificado”, que básicamente significa que se tienen valores invertidos por el equivalente a 1.5 millones de UDIs. Más o menos 5 millones de pesos.

Tal monto mínimo nos deja, de entrada, fuera de ese universo selecto, y mientras en la correduría en línea en cuestión basta una cuenta de mil dólares para empezar a comprar y vender acciones, en México el muro que se tiene que traspasar para acceder al mercado de acciones global es casi infranqueable.

Pero hagamos el dulce supuesto de que somos “inversionistas clasificados”, y que podemos operar acciones globales en México. Para hacerlo, la comisión promedio en el mercado es de 0.9 por ciento por cada transacción. Eso querría decir, en nuestro ejemplo de 100 mil pesos de Microsoft, que tendríamos que pagar 900 pesos por la transacción, muy por encima de los 160 pesos que yo pago en mi cuenta en línea. Pero la disparidad no se detiene allí: si duplico el número de acciones que quiero adquirir de Microsoft, tendría que pagar 1,800 pesos por mi transacción en México, mientras que con mi corredor en línea seguiría pagando 160 pesos, y si lo triplicara, etcétera.

La BMV es una bolsa ineficiente y cara. Sus costos son desproporcionados al punto de inhibir la participación de más empresas en el mercado, y el acceso de los ahorradores comunes al mismo. Una buena idea, la de cotizar valores globales en el mercado local, se ve dramáticamente menguada por los altos costos de las comisiones y las transacciones. Es lo mismo de siempre: la BMV sigue apostando a que el mercado en México es de un solo hombre (como el México de Santa Ana, de González Pedrero), y no mira que el potencial de incorporar a los pequeños y medianos inversionistas es la única apuesta que la puede sacar de su mediocridad secular, y convertirla en un mercado como el de Brasil o Chile, en donde el acceso a los mercados es algo tan normal, como la normalidad democrática.

 

*Director de la consultoría en línea Portafolios y comentarista de Monitor.

 

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