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El mundo raro de Alan Greenspan
Edgar Amador*
A finales de los noventas, cuando los mercados accionarios se inflaban, en medio de una de las burbujas especulativas más inusitadas de la historia financiera moderna, financieros y economistas buscaban teorías, argumentos, explicaciones fantásticas para tratar de entender -parafraseando a José Alfredo-, ese mundo raro, en el cual no había inflación, el crecimiento abundaba, la pobreza se reducía y las ganancias corporativas se multiplicaban cada trimestre sin contención alguna.
Durante esos años se acuñó un eufemismo que se puso muy de moda y que, al paso de los años, demostró ser eso, un mero eufemismo sin mucho sustento, un slogan impreso para vender más acciones y embaucar al público ahorrador. Le llamaron “la nueva economía”. Tal eufemismo implicaba que en el mundo del Internet y las nuevas tecnologías, no aplicaban las viejas reglas económicas. Es decir, que se podía crecer aceleradamente, sin inflación; que el alza en los precios del petróleo no impactaba en la economía; que los precios de las acciones podían crecer incluso cuando las empresas no produjeran un centavo de ganancias; que los déficits fiscales no causan inflación y que no eran necesarias las ventas para valuar a una compañía.
Reacio al principio, pero cediendo al final, Alan Greenspan, el jefe de la Reserva Federal de los Estados Unidos, y uno de los economistas más perspicaces y escépticos de los últimos tiempos, acabó por ceder en algún grado al entusiasmo de la nueva economía, en parte porque necesitaba un argumento que le ayudara a evitar que la economía mundial se fuera al traste, reduciendo las tasas de interés a mínimos de más de sesenta años.
Más refinado que los jilgueros del mercado, Alan Greenspan encontró en los fantásticos aumentos de la productividad de finales de los noventa, y en el exceso de capacidad instalada en ese periodo, los argumentos para sostener que era posible inyectar una masa ingente de liquidez en los mercados financieros del mundo, sin temer un repunte inflacionario. Greenspan también validó sin compostura alguna los monstruosos déficits fiscales de Bush el pequeño, e incluso los calificó de necesarios para evitar que la economía se desinflara.
Pero, como decía Lenin, los hechos son tercos.
La evidencia más reciente muestra que las ganancias de productividad de los años recientes parecen haberse agotado y que el exceso de capacidad ociosa, a fuerza de inflar el gasto militar y gubernamental mediante déficits irresponsables, se ha reducido dramáticamente. El resultado de lo anterior es simple: el caldo de cultivo para que veamos a escala global un repunte de la inflación, se está cocinado y si las autoridades monetarias no actúan pronto, los mercados financieros del mundo (para empezar nuestra muy inflada bolsa) podrían llevarse un espantoso susto.
El riesgo es muy claro: las condiciones que posibilitaron un crecimiento moderado con una inflación baja, han sido removidas del escenario y en su lugar tenemos hoy un filo de navaja en el que, para un lado hay menos crecimiento y, para el otro, hay inflación. Alan Greenspan, viejo lobo, ha estado jugando al aprendiz de brujo en los últimos años, comprometiéndose además en exceso con la agenda conservadora de Bush, el pequeño, y siendo muy timorato a la hora de juzgar los colosales déficits fiscales de la actual administración.
Pero en el pecado de Alan Greenspan podríamos llevar todos la penitencia. Justos podríamos pagar por pecadores. Si como la evidencia más reciente de la economía más grande del mundo, la de los Estados Unidos parece sugerir, la inflación podría convertirse en un problema en el corto y mediano plazo, Greenspan y los demás bancos centrales podrían reaccionar de manera virulenta en los próximos meses y embarcarse en una racha de alzas agresivas en sus tasas de interés, que sacudirían a los mercados de renta fija y renta variable del mundo.
La nueva economía no existe. Lo que ocurrido durante los finales de los noventa fue simplemente que durante algunos años, la economía mas grande del mundo transitó por lo que los primeros neo-keynesianos llamaban una “edad de oro”, en donde las principales variables crecían a su potencial y de manera armónica, entusiasmando así a los mercados de capitales y de renta fija.
Pero la “edad de oro” se acabó, si bien Alan Greenspan, casi regalando el dinero durante varios años, intentó prolongarla por algún tiempo. Abandonamos el mundo raro, en donde no hay dolor ni llanto y regresamos al mundo normal, en donde el exceso de crecimiento por encima del potencial, puede causar inflación; en donde el exceso de déficits fiscales puede llevar a alzas de precios; en el que la falta de ahorro de las familias se traduce en alzas en las tasas de interés y en el que el incremento de los precios del petróleo causan costos más elevados y reducen los márgenes de beneficios o incrementan los precios.
Adiós al mundo raro, Alan Greenspan, bienvenido al mundo real.
Director de la consultoría en línea www.portafolios y comentarista de Monitor.
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