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Lo que es malo para General Motors, es malo para México

Edgar Amador*

Sin duda la frase más famosa que define el carácter del Estado estadounidense, es aquella, emitida por un Secretario de Estado, que decía: “lo que es bueno para General Motors, es bueno para Estados Unidos”.

Los tiempos cambian, sin duda, y estos días, la otrora todo poderosa automotriz ya no es lo que solía ser, y su peso dentro de la economía y la estrategia global de los Estados Unidos se encuentran muy menguados. Pero lo que antes era cierto respecto de General Motors y los Estados Unidos, ahora es aplicable, pero para México.

El gigante automotriz estadounidense ha batallado en los últimos años con una dramática pérdida de mercado, sitiado por las feroces automotrices japonesas (Toyota, Honda y Nissan), las Coreanas (Kya), y las europeas (especialmente, BMW), hasta el punto que ha tenido que ofrecer sus vehículos sin enganche, y con intereses bajísimos, lo que se ha reflejado en que los pronósticos para este año son de pérdidas récord para el gigante de Detroit.

General Motors, y detrás de ella, la alicaída Ford, han sido incapaces de diseñar y producir autos novedosos, que satisfagan las nuevas tendencias marcadas por los consumidores, y se han recluido en el segmento de camionetas utilitarias, SUVs y Minivans, en donde hasta hace poco tenían poca competencia, hasta que las armadoras japonesas se abalanzaron sobre esos nichos en donde las dos grandes de los Estados Unidos se encuentran ya en una penosa retirada.

Lo curioso es que la debacle anteriormente descrita de General Motors y de Ford, que ha llegado al límite de que sus bonos de deuda corporativa sean degradados a chatarra por parte de las agencias calificadoras más importantes, no parece estar afectando de manera significativa a la muy diversificada economía estadounidense. En otros tiempos, lo que era bueno para General Motors y Ford, era bueno para los Estados Unidos. Hoy tal aseveración no es necesariamente cierta.

Parece haber un consenso que, si Kia, o Honda producen autos mejores, más baratos y de menor costo de mantenimiento que los carros de Detroit, el consumidor sale ganando, y con ello los Estados Unidos. Los hechos parecen demostrarlo.

Pero si bien el adagio no aplica para los Estados Unidos, su severidad se ha volteado ahora contra México. Luego de su fuerza de trabajo, y el petróleo, la principal exportación de la economía mexicana son autos. Luego de PEMEX, las principales empresas exportadoras del país son General Motors, Ford, y Chrysler, las cuales, a través de sus plantas distribuidas a lo largo y ancho del país, junto con una red de productoras de auto partes (de Delphi, en particular), son uno de los pilares de la economía local, y una de sus principales fuentes de divisas.

Si le va bien a General Motors, le puede ir bien a México, pero si le va mal a General Motors (y Ford), le va a ir pésimo a México. De hecho, estoy convencido de que una de las razones por las cuales la economía mexicana no salió de su marasmo 2001-2003, incluso cuando la economía del vecino del norte se encontraba ya boyante, se debió precisamente al estancamiento en las ventas de General Motors, Ford y Chrysler, las cuales producen en México modelos que no están logrando recuperar el terreno que la competencia asiática y europea están engullendo en los mercados estadounidenses.

El corolario de los argumentos anteriores puede ser escalofriante. El futuro de mediano plazo de la economía mexicana, su capacidad de crecer por encima de tasas del 4 por ciento, depende en sentido estricto de las mesas de diseño de Detroit. Si General Motors y Ford son incapaces de diseñar y producir modelos nuevos, que apasionen a los consumidores como lo hace el Accord de Honda, el Camry de Toyota, o el Murano de Nissan, o que se conviertan en éxitos de ventas como la Serie 3 de BMW, entonces la economía mexicana tendría la posibilidad de, gracias a las plantas instaladas de esas firmas en territorio nacional, de aumentar su potencial de crecimiento.

Pero si la actual tendencia continua, y los modelos de esas dos armadoras, incluyendo los producidos en México, siguen perdiendo terreno, entonces México y su economía acompañaran a las declinantes automotrices estadounidenses, en su penoso tránsito por el carril de baja velocidad.

Un poco de imaginación es preciso entonces: hagamos lo que hacen los Estados Unidos. Traigamos las plantas de Toyota, de Honda, de Kia, de Mercedes, de BMW. Traigamos los modelos exitosos de Nissan (y no nada más los que se van al mercado doméstico). Montemos una red automotriz basada en autos de altos márgenes (SUVs y camionetas y camiones ligeros), de la cual se tienen ya las bases.

Estados Unidos ha sabido cortejar a los rivales de sus armadoras, y los ha ayudado a establecer plantas en su territorio. De esa manera, los empleos que pierde Detroit, los gana Alabama; las ventas que pierde Ford, los gana la planta de Tenessee de Nissan. En México apostamos por GM, Ford, y Chrysler, y estamos perdiendo la carrera. Es hora de subirnos a un auto ganador.

*Director de la consultoría www.portafolios.com y colaborador de

Monitor.

 

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