Balance del sexenio Nada por aquí, Nada por acá
Edgar Amador*
El sexenio de Vicente Fox llegó al punto de no retorno: su final está más cerca de su principio, su análisis está más cerca de su prognosis. La despedida es ya más inminente que la inauguración, la promesa está por convertirse en saldo. Dada la naturaleza de esta columna, el saldo económico de las dos terceras partes del sexenio y el diagnóstico del último tercio, es lo que nos ocupa.
Lo bueno y lo malo del sexenio de Vicente Fox es que no ha pasado nada: ni hemos tenido sobresaltos, pero tampoco ha habido crecimiento. No hemos tenido devaluaciones, pero el reverso es que el desarrollo se ha empantanado.
La aterciopelada transición sexenal –más factura zedillista, que virtud foxista, que tan gratamente nos sorprendió a todos— no se vio seguido por la concomitante expansión de la economía.
Vicente Fox ha sido capaz de mantener una estrategia económica heredada que le ha brindado estabilidad de las principales variables, pero lo peor es que dentro de esas variables ha estado el PIB, que se mantiene estable, para bien y para mal.
El desempleo ha sido persistentemente alto y ese es sin duda el pasivo más serio del sexenio.
Este año que concluye, el número de empleos en el sector formal fue superior al que existía en las postrimerías del sexenio de Ernesto Zedillo. La recesión y estancamiento, que marcaron los primeros años de Vicente Fox, se tradujeron en una pérdida masiva de empleos formales, en un deterioro general del mercado laboral, así como de un aumento dramático en la proporción de mexicanos (y mexicanas, dirían por allí) que encuentran empleo en el sector informal.
Más menos que más
El número de trabajadores sin prestaciones supera con mucho al número de empleos con alguna prestación. Esta característica, que ya era una impronta del mercado laboral desde hace algunos años, se ha extendido y hecho una norma durante la administración de Vicente Fox; quizá sea hasta ahora el legado menos destacable de una administración, que en lo económico no ha sido muy distinta de cómo es en lo político: carente de imaginación y con resultados descoloridos.
La razón por la que el rostro del empleo en México es tan desangelado es muy sencilla: no ha habido crecimiento de la economía.
El producto interno bruto creció a una tasa promedio anual de tan sólo 1.5 por ciento, por debajo del cerca de 1.7 que crece la población. En otras palabras, hemos tenido una caída en el ingreso per cápita de la población. Un pobre resultado para el primer gobierno de la democracia.
Y un resultado peligroso también, pues si los votantes no ven resultados en sus bolsillos podrían virar hacia direcciones no democráticas, pero que les den crecimiento, así sea pasajero, en sus niveles de bienestar.
La estabilidad económica es condición necesaria, pero no suficiente para el crecimiento y el desarrollo. Pero a esta administración, colgarse de la estabilidad fincada por su cuidadoso antecesor parece bastarle. Es triste ver cómo, cuando se trata de hablar sobre el saldo económico del sexenio lo más que se acierta a presumir es esa estabilidad.
La estabilidad no da de comer, la estabilidad no llena los bolsillos. Cierto, ayuda a que los bolsillos no se perforen, pero no trae el pan de cada día.
El cierre que viene
Usualmente en esta época del año se estila hacer pronósticos del ejercicio que está comenzando. Quisiéramos ir un poco más lejos y tratar de bosquejar, brevemente, el cierre del sexenio en materia económica.
El 2004 será, desgraciadamente, el mejor año del sexenio. Como pronosticamos en estas páginas hace más de 12 meses, el 2004 cerrará con un crecimiento de cerca del 4.3 por ciento. Dado lo mediocre que había sido el desempeño de los años anteriores, a los funcionarios de esta administración este dato se les hace una cifra para presumir.
Es un dato para dar pena, no únicamente porque revela qué tan falsa era la promesa del siete por ciento, sino porque no es suficiente para que se recuperen los niveles de bienestar perdidos del 2000 a la fecha.
Ese crecimiento, peor aún, tiene un componente que quizá no se repita en el resto del sexenio: la bonanza petrolera.
Los altos precios de los hidrocarburos permitieron al erario federal cumplir con sus metas de gasto y de déficit sin necesidad de llevar a cabo la incómoda reforma fiscal, además disparó una gigantesca borrasca de inversión extranjera en cartera que ha dado estabilidad al tipo de cambio.
Pero esta bendición quizá no se repita. O peor aún, quizá se revierta en alguna medida en lo que resta del sexenio.
Para variar, la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) comenzó en 2004 un proceso de alza en sus tasas de interés, que no se detendrá hasta finales del 2005.
Los factores antes mencionados nos dan dos posibles escenarios de fin de sexenio.
El mejor, es que nos vaya como hasta ahora, con un ingreso per cápita estancado o ligeramente creciente, con un crecimiento de cerca de 3.8 por ciento en el 2005 y de 3.4 en el 2006.
Las gigantescas reservas internacionales del Banco de México, el modesto déficit de cuenta corriente, junto con la profundidad y perfil del mercado de deuda en moneda local y el bajo apalancamiento en moneda extranjera, significan que debemos descartar, casi por completo, un escenario de devaluación/recesión en el 2006.
Pero de nuevo, eso no basta.
Evitar el desastre no debe de dejarnos, en sí, conformes y satisfechos.
Y eso nos lleva al segundo escenario.
Si las condiciones actuales del mercado de energía se deterioran, y si como es posible suponer, no hay reformas estructurales en México, la Fed aprieta las condiciones monetarias más allá de los que los mercados de bonos (demasiado optimistas) están descontando en este momento, entonces el escenario del 2006 sería de un crecimiento aún menor de lo que estamos previendo, con mayor desempleo y resultados aún más mediocres.
Y eso es un muy mal escenario para la democracia.
* Director de la consultoría en línea portafolios.com
edgar@smra.co
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