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Cómo hacerse millonario y no morir en el intento

“La ópera es un sueño despierto, un fantasma transformado en música, un mundo ideal hecho por el hombre para el hombre, para el deleite del hombre.”

Gérard Fontaine

Ni misteriosa ni elitistas, la ópera y el mercado de capitales están envueltos en muchos misterios que los legos descalifican. La ópera ofrece a los iniciados y a los expertos placeres indiscutibles mientras que las inversiones en bolsa se consolidan como las que ofrecen mejores rendimientos a quienes, sin prejuicios, se acercan a ellas.

Héctor Amador*

Desgraciadamente las personas relacionan tanto la ópera como la Bolsa con un gusto elitista, exclusivo, complicado de entender y de acceso difícil. La mayoría no llega a disfrutar ni las delicias ni las satisfacciones que nos pueden brindar, en sus respectivas esferas, tanto la ópera como la Bolsa.

Cuando normalmente se piensa en ambos campos asociamos a sus personajes con la riqueza y la erudición. La imagen que se tiene de ellos es la de los que aparecen en la escena inicial de la estupenda película Mi Bella Dama, con Rex Harrison y Audrey Hepburn, cuando se abren las puertas de la ópera de Covent Garden, en Londres, y salen los hombres elegantemente vestidos y con sombrero de copa y ellas con lujosas galas. Pero no es verdad. Tanto en la ópera como en la Bolsa sólo es cuestión de ocuparse un poco en ellas para descubrir la increíble cantidad de matices que tienen.

Si nos acercamos a las dos veremos que somos objetos de prejuicios infundados que no nos han dejado descubrir algo que tal vez nos agrade y nos llegue a dar muchas alegrías. Ambas son víctimas de malentendidos. 

La ópera —que significa “obra” en latín— se representó por primera vez como tal en el palacio Pitti en Florencia el 6 de octubre de 1600, durante la boda de Henri IV de Francia y María d’Medici. Fue Euridice, del poeta Ottavio Rinuccini y el músico Jacopo Peri. La obra se basó en la figura mitológica griega de Orfeo, cantante y tañedor de lira tracio, quien pide ayuda a Hades, dios del inframundo, para rescatar a su amada y difunta Eurídice. Posteriormente el mismo tema se retomó en otras óperas de Monteverdi y Glück. Por lo tanto, observamos que la ópera nace atada a la literatura. La idea de conjuntar a la literatura, el canto y la música ya la tuvo Homero pues él vocalizaba La Iliada y La Odisea. Otra obra literaria, El Corán, también se coreaba en las mezquitas.

Aunque la ópera nació como un espectáculo elitista, que disfrutó al principio sólo la aristocracia, en Venecia, en marzo de 1637 Benedetto Ferrari abrió el teatro San Cassiano para que todo el que quisiera pudiera ver ópera con sólo pagar un boleto. A la gente le gustó tanto que, dos años más tarde, Ferrari inauguró dos teatros más. Rápidamente la ópera se convirtió en el entretenimiento general y preferido por la riqueza de su arte. Lo bueno era que las personas no habían sido prejuiciadas entonces en el sentido de que esta expresión del arte era sólo para intelectuales y pudientes.

La ópera es el espectáculo más completo que agrupa la música, la danza, el teatro, la literatura, la pintura y la arquitectura (diseño de escenarios). Para disfrutar la ópera en toda su existencia conviene hacerlo paulatinamente, con calma.

Hay que aprender a gozar la música y saber descifrar la magia que nos puede transmitir una buena melodía. La música es un lenguaje que nos habla. Por ejemplo, cuando escuchamos de Bedrich Smetana su hermosísima pieza Ultava, dedicada al río del mismo nombre y que fluye por en medio de la bella Praga. Si cerramos nuestros ojos al escuchar Ultava visualizamos el panorama de Bohemia por donde corre el río, imaginamos la apacible campiña, la alegre fiesta que se celebra a sus orillas y sentimos la majestuosidad, intensidad y fortaleza del río, todo lo cual es pincelado con las notas. En otras palabras, la música nos habló, transmitió un mensaje y narró algo, nos pintó un paisaje. Otro ejemplo podría ser la Symphonie Fantastique de Berlioz que a través de la melodía nos describe las tribulaciones y obsesiones de un joven enamorado.

Sería bueno allegarse alguna de las grabaciones de María Callas y escucharla en la tranquilidad para llegar a gozar a plenitud lo maravilloso y colorido de su voz.

Igual conviene tener una idea de la obra literaria que se presenciará. Muchas veces, de forma inconsciente estamos familiarizados con las historias que veremos y nos agradan, pero tan pronto sabemos que es una ópera se siente rechazo y nos impone una supuesta formalidad. Basta mencionar que todos hemos visto y disfrutado las películas de La Guerra de las Galaxias y El señor de los Anillos. Ningún joven se siente atemorizado por sus historias. Pues bien, esos adolescentes que disfrutan tales películas se sorprenderían que ambas obras se inspiran en la tetralogía de Richard Wagner El anillo de los nibelungos.

Tan sólo la mención del título inspira rigidez. Pero repasemos que en las tres series se habla de lo mismo. Mundos de fantasía, románticos, seres extraños que moran en las entrañas de la tierra o en galaxias lejanas. Se trata de evitar que un poder absoluto, superior y mágico llegue a ejercerse por el Mal. Cuando se tiene una ligera idea de la historia pierde la solemnidad y el temor que se puede sentir por falta de conocimiento. Se llega a disfrutar la ópera de manera más relajada al conocerse la trama.

Desde hace como 30 años se utilizan pantallas electrónicas para que el público lea los diálogos cantados y así seguir más cómodamente el desarrollo de la historia. Ni siquiera dominando los idiomas de la representación es fácil entender lo que se vocaliza.

Resulta que aquí también se unieron la Bolsa y la ópera

Esas pantallas electrónicas se usaron en un principio en la Bolsa de Nueva York para que los operadores en el piso de remates pudieran seguir, al instante, las cotizaciones y noticias de las acciones.

Una forma de adentrarnos poco a poco en la ópera podría ser asistiendo a una función de una obra musical como Los miserables o El fantasma de la ópera para acostumbrarnos al teatro cantado, que en esencia es la ópera.

Hoy en día existe en México la organización Pro Ópera que se dedica a fomentar tan bello arte y cuya labor es encomiable.

Recientemente, en el municipio de Zapopan se hizo por primera vez el montaje de dos obras para apoyar a jóvenes talentosos del área. Con cierta frecuencia se pueden disfrutar algunas representaciones dedicadas a niños para introducirlos al goce de tal espectáculo. Hay, incluso, ópera en caricaturas para familiarizar a los pequeños. Vale la pena acercarse a ella y fomentarla en los jóvenes que disfruten desde temprana edad su cautivante magia. La ópera no es ni debe de pensarse en ella como exclusiva para gente acaudalada y muy culta. Todos deben y pueden acercarse a ella y gozarla para caer en su hechizo.

 

Opera y BMV, las similitudes

 

Igual ocurre con la Bolsa. La Bolsa no debe asociarse con la idea de que sólo los ricos o aquéllos que tienen conocimientos especializados pueden gozar de sus beneficios.

Se puede participar en la Bolsa por medio de instrumentos conocidos como fondos o sociedades de inversión. Una sociedad de inversión es un negocio que se constituyó porque la mayoría de la gente no tiene los conocimientos técnicos, el tiempo o el deseo de estudiar las diferentes opciones de inversión o porque quiere diversificarse para bajar el riesgo que lleva cualquier inversión.

Lo que hacen las sociedades de Inversión es reunir el dinero de mucha gente y algún profesional lo administra de la mejor forma posible. Es como las llamadas “vaquitas” cuando entre varios amigos reúnen dinero para comprar un billete entero de lotería. Aquí es lo mismo. Alguien con sólo diez mil pesos no podría contratar a un experto financiero para que le aconseje dónde invertir. Pero reuniendo el dinero de cientos de individuos ya es posible contratarlo. Se hace una “vaquita” para que dicho especialista nos maneje el dinero.

Los fondos se dividen en aquéllos que invierten en renta variable (acciones) o deuda (por ejemplo, pagarés, CETES o bonos). Se puede participar en ellos desde montos relativamente modestos como serían diez mil pesos. Cuando colocamos nuestro dinero en una sociedad de Inversión en realidad se adquiere una parte proporcional de la sociedad. A cambio recibimos unos títulos que amparan nuestra copropiedad. Finalmente, la utilidad para el ahorrador será la diferencia entre el precio al que se compraron tales títulos y la cotización que tengan al momento que los vendamos. Todos los días se hace una valuación del precio de los títulos y se publica en los periódicos. El valor de los títulos se determina sobre la base de las cotizaciones de las inversiones subyacentes que hizo el fondo de inversiones.

Cuando destinamos nuestros ahorros a un fondo de inversión de renta variable se compran muchas acciones. En otras palabras, en realidad se posee una parte en la canasta de acciones que compró el Fondo. En la medida en que ganan valor las acciones, en la correspondiente proporción suben de valor los títulos de la sociedad de inversión.

Para un acercamiento inicial al mercado de capitales resulta ideal un fondo de inversiones. Paulatinamente nos acostumbramos a los vaivenes de la Bolsa y tenemos la tranquilidad de que el dinero es manejado por manos profesionales.

Pero para ser un inversionista de acciones exitoso hay que ser paciente y constante. Por ejemplo, si alguien hubiera decidido invertir, desde enero de 1981 hasta septiembre de 2005, cada mes cien dólares en un fondo de inversión indizado a la Bolsa (es decir, el fondo lo único que hace es reproducir en la misma proporción y cantidad las acciones que forman el Índice de la Bolsa) entonces habría tenido para octubre de 2005 un total de casi 800 mil dólares. De seguir así, en un par de años se llegaría a tener el primer millón de dólares. Un rendimiento excelente teniendo en cuenta que hasta ahora lo único que se desembolsaron fueron poco menos de 30 mil dólares. Aparte, se obtuvieron dividendos. Pero cada mes, sin importar lo que pasaba, fue necesario invertir cien dólares en el fondo. Se necesitan entonces sólo dos atributos, constancia y paciencia, ningún conocimiento técnico.

Las acciones nos dan oportunidad de disfrutar de una protección contra la inflación. Normalmente las acciones se aprecian en mayor proporción a la inflación. Las acciones también nos dan protección cambiaria pues, con el suficiente tiempo, se recuperan de devaluaciones. También nos permiten tener un rendimiento constante a través de los dividendos. Al igual que la ópera, las acciones nos dan satisfacciones por muchos lados.

Como en la ópera, hay que ir adentrando a los jóvenes en el mundo de las finanzas. Warren Buffett enseña a sus nietos a leer las cotizaciones de acciones en el Wall Street Journal tan pronto y saben leer. Para ir familiarizándolos con las finanzas y las virtudes del ahorro el juego de mesa “Monopolio” es la mejor opción. (En lo personal el llamado “Turista” desde niño se me hizo un absurdo porque ¿quién compra países? Salvo un narcotraficante nadie).

No hay expresión artística más satisfactoria que la ópera, ni inversión más enriquecedora que la Bolsa. Ambas requieren paciencia e introducción paulatina. Pero ninguna de las dos es elitista o misteriosa. Hay que perderle el miedo a las dos y acercarnos paulatinamente a ellas. n

 

Hectoramador2005@aol.com

 

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