Dinero llama Dinero

¿Qué economía le espera al Peje?

Edgar Amador*

Supongamos que gane. Supongamos que Andrés Manuel López Obrador reciba el gobierno a partir del 1 de diciembre del 2006. ¿Cuál es la economía mundial que acotará y determinará sus grados de libertad para hacer o no hacer en materia económica en el inicio de su sexenio? Como toda arte de adivinación, el grado de error posible al hacer este pronóstico es alto, pero trataremos de centrarnos en discutir los principales factores que puedan influir el despegue económico del próximo sexenio (pues este, la verdad sea dicha, en esa materia, ya acabó).

Las tasas de interés serán más altas. El gran acertijo de estos tiempos en la economía mundial es ¿cómo es posible que, a pesar de que las tasas de interés de corto plazo en los Estados Unidos, se han duplicado en los últimos 13 meses, las tasas de interés de largo plazo, que son las que determinan el curso de la economía global, no sólo no se han movido, sino que han bajado? Este profundo misterio tiene muchas explicaciones, que no vamos a tratar aquí, pero todas se traducen en un hecho: existe el riesgo, muy importante, de que las dormidas tasas de interés de largo plazo se desperecen, y den un súbito salto en algún momento en los próximos meses.

Es muy probable que las tasas de interés de un día lleguen a cerca del 4.0-4.25 por ciento a finales de este año o principios del siguiente. Si ese es el nivel de los réditos esperados en el corto plazo ¿cómo es posible que los bonos de 10 años están pagando no más de 4.2 por ciento? En los viejos tiempos (es decir, hace un año), el hecho de que el largo plazo pagara menos que el corto plazo podía significar que la economía se encontraba en recesión, y que la Reserva Federal (FED) estaría por comenzar un ciclo de recorte de tasas.

No es este el caso, y la economía de los Estados Unidos (salvo el sector manufacturero, y en particular el automotriz, del que tanto depende México) se encuentra sólida y sin señales de una desaceleración importante, a una recesión.

En algún momento entonces, de aquí a las elecciones presidenciales del próximo año en México, es probable que las tasas de interés de largo plazo en los Estados Unidos se disparen hasta el rango del 5.0-5.5 por ciento. De ocurrir tal evento, los efectos sobre la economía mexicana serían, si bien no desastrosos, si múltiples, y podrían cambiar la perspectiva del consumidor, de las empresas y, por supuesto, del votante.

En primer lugar, el tipo de cambio podría abandonar la actual zona de fortaleza en la que se encuentra, y sufrir una depreciación moderada, pero súbita, en su cotización contra el dólar. Esta depreciación no necesariamente es mala, y su magnitud dependerá de cómo se comporte su variable hermana: la tasa de interés. Hasta el momento, las tasas de interés de corto plazo en México se han comprado un colchón para eventualidades en los Estados Unidos: si la tasa de interés de largo plazo en la economía vecina se disparara de manera súbita hasta el 5.25 por ciento, la tasa doméstica de un día, actualmente en 9.75 por ciento, no debería de sufrir mayores modificaciones. Pero el largo plazo es otra historia.

La parte larga de la curva, habitada por extranjeros, Afores y las mesas de los bancos, sufriría un temblor de grandes proporciones en caso de que las tasas de interés de largo plazo de EU se treparan de manera abrupta y el tipo de cambio se depreciara. Las pérdidas de capital y los quebrantos a las posiciones propias de los bancos serían severas y la salida de los extranjeros podría ser cuantiosa y no muy ordenada.

¿Cómo se traducirían esta ola de posibles sucesos en los mercados financieros en la economía real, es decir, en la producción y el empleo? No vemos que sus efectos sean catastróficos, y probablemente un tipo de cambio más alto, tasas de interés mas altas, y posibles pérdidas en las posiciones de los bancos que se traduzcan a corto plazo en una reducción en el ritmo en las que el crédito al consumo y el hipotecario se irán expandiendo en los próximos meses hasta al punto de hacer del consumo y la construcción los pilares de la economía en los últimos tres años.

Depende mucho del tamaño del ajuste de las tasas de interés de largo plazo de los Estados Unidos: si éstas no sobrepasan los 5.50 por ciento, los efectos serán moderados y su implicación sobre la economía se limitaría a un par de trimestres de crecimiento menguado, pero si se toman las decisiones monetarias correctas (y eso no estaría en las manos de AMLO), el bajón podría pasar rápido.

Los precios del petróleo podrían colapsarse: si bien son minoría, algunos expertos e inversionistas piensan que los actuales niveles récord de los precios del petróleo se encuentran inflados por una mezcla de una escasez temporal de oferta frente a la demanda creciente proveniente de Asia, y por posiciones especulativas de los traders del mercado de energía. Tal conjunción, dicen, podría deshacerse, y de ocurrir, los precios del petróleo podrían colapsarse en un período muy breve de tiempo.

Este sería el escenario más complicado para la siguiente administración. Hasta ahora, la burbuja petrolera ha inflado los ingresos fiscales del sector público en todos los niveles: el federal, el estatal y el municipal, y ha quitado el sentido de urgencia para buscar mecanismos que hagan más eficiente la recaudación de impuestos y el ejercicio del gasto. México, y su gobierno federal, estados y municipios, han disfrutado ya de tres años de excedentes petroleros que han producido un cierto sentido de complacencia, para qué incurrir en los costos de una reforma, si el dinero está llegando a carretadas y sin mucho esfuerzo.

Si el escenario de un colapso en los precios del petróleo se materializa en algún momento de los próximos meses, la siguiente administración tendría que comenzar de la peor manera posible: haciendo un ajuste fiscal en todos los niveles de la administración pública, y anunciando medidas costosas para la población en materia de impuestos.

Este gobierno aprovechó el actual boom petrolero para no hacer nada que le implicara costos políticos. Aprovechó los altos precios del crudo para no hacer reformas fiscales, para no combatir la evasión, para no racionalizar el gasto. Ha usado esta bonanza petrolera como licencia para su complacencia o su pasividad. Mientras duren estos precios del petróleo, no será evidente que la política económica va desnuda por la calle, pero si el velo de los precios del petróleo se cae, todos verán la miseria de esta política cuya máxima es hacer lo mínimo.

Los efectos de esta complacencia sobre la economía, en caso de un colapso de los precios del petróleo, serían severos y de mayor duración que en el escenario anterior: el tipo de cambio sufriría una depreciación aguda, las tasas de interés de corto y largo plazo se treparían más allá de lo que implicaría un ajuste con las tasas de los Estados Unidos y habría un recorte fiscal que reduciría el gasto público en prácticamente todos los niveles de la administración pública del país.

Los precios del petróleo podrían seguir altos, o subir más. La mayoría en el mercado de energía parece ir en esta línea, y la conjunción de la continua expansión económica de Asia (China y la India sobre todo), junto con el sostenido crecimiento de los Estados Unidos, y el agotamiento de la capacidad ociosa en la industria petrolera mundial, probablemente mantenga los precios nominales de la energía altos durante un período más o menos prolongado de tiempo.

Si este es el caso, la próxima administración enfrentará un dilema: optar por la misma alternativa que tomó este gobierno, es decir, no hacer mucho y nadar de muertito ayudado por las divisas masivas provenientes del auge petrolero, o potenciar los recursos que llegan del petróleo, empujar reformas políticas y económicas claves, e invertir en infraestructura y proyectos de largo alcance.

En economía, la complacencia es un peligro. Y es fácil caer en ella. Crecer siempre implica costos: a nivel individual significa renunciar a tiempo de ocio y trabajar más; a nivel social significa consumir menos (ahorrar) hoy para poder consumir más mañana. Los ingresos excedentes del petróleo, las remesas y la inversión extranjera nos pueden poner fácilmente en una situación en la que consumamos más hoy sin trabajar ni ahorrar más, y no ver el mañana. Ese es un riesgo muy alto, y es justamente lo que hizo el actual gobierno.

Si los precios del petróleo siguen altos o suben más en los próximos años, la divisa lopezportillista de administrar la abundancia será la oportunidad y el reto de la próxima administración. Como la historia mexicana lo demuestra con contundencia, administrar la abundancia no es fácil, menos si esa abundancia no nos cuesta y es temporal. Por no saber administrar la abundancia pasajera de 1979-1982, acabamos mal, al punto de seguir arrastrando hoy los efectos de entonces.

 

*Economistas, comentarista de Monitor y director general en México de la consultoría en línea  www.portafolios.com (edgar@smra.com)

 

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