|
Populismo, culpable de la gordura estadunidense
Héctor Amador
Un recuento de las decisiones políticas basadas en criterios populistas demuestra que incluso la economía más poderosa del mundo ha incurrido en errores que han marcado no sólo el rumbo de sus sectores e industrias sino también la calidad de vida de su población
Los hechos nos enseñan que la economía es demasiado delicada e importante como para dejarla en manos de políticos. Las decisiones que toman estos individuos, sólo preocupados en la próxima elección o su popularidad, conducen a definir políticas económicas que traen repercusiones inimaginables. Aunque no lo crea, muchos casos de infartos y diabetes de hoy tienen su origen en una orden populista girada hace más de 30 años. Pero vayamos por partes.
La Biblia nos muestra en el Viejo Testamento que el manejo de la primera recesión registrada en la historia fue mediante una atinada política agrícola. Cuando el faraón soñó que siete vacas flacas se comían a siete vacas gordas, José sugirió lo que hoy se conoce como una política contracíclica. Es decir, cuando hay abundancia (vacas gordas) se ahorra y guarda para cuando hay una recesión (vacas flacas) y se compensa la carencia con lo que se guardó.
De tal manera, la economía no sufre de variaciones muy fuertes de auge y penuria. Se suavizan las curvas de los ciclos. Administrando con prudencia se compensa lo bueno y lo malo. Exactamente lo mismo que hizo el faraón, lo realizó Franklin D. Roosevelt hace 70 años en Estados Unidos y también en productos agrícolas.
La política del Nuevo Trato de Roosevelt buscaba establecer un precio objetivo de los granos pero considerando los costos de producción. Si la valuación de los cereales bajaba de la cotización deseada, entonces se activaba un préstamo al granjero. En un silo se guardaba el producto agrícola y se quedaba como garantía del crédito. El monto se determinaba considerando el valor objetivo. Si las condiciones de mercado mejoraban se vendía el trigo y se repagaba la deuda. Si la tasación no se recuperaba durante 12 meses, el gobierno dejaba el maíz como una reserva de alimentos y automáticamente quedaba saldado el pasivo. Al apreciarse mucho los cereales, el gobierno sacaba del almacén y todo volvía al equilibrio.
Lo mismo que hizo el faraón miles de años antes.
El sistema de Roosevelt, sin ser perfecto, funcionó bastante bien durante muchas décadas.
Así llegamos a 1972, cuando Richard M. Nixon cerró un trato con los soviéticos y les vendió de la reserva de alimentos enormes cantidades para evitar la hambruna en el país comunista.
Aquel verano en Estados Unidos fue muy caluroso y la cosecha magra. Ya no había algo guardado en la reserva de alimentos porque todo se había ido a Moscú y por lo tanto el precio de la comida se incrementó mucho incidiendo en la inflación.
Era un año de reelección para Nixon (fue cuando surgió el escándalo Watergate). El mandatario se puso nervioso y ordenó a su secretario de Agricultura acabar, a cualquier costo, con el alza de los alimentos para no poner en peligro su reelección.
El ministro se preocupó por su propia posición y salió corriendo a desmantelar el sistema de Roosevelt. Exhortó a todos los granjeros a sembrar cada centímetro disponible. Les pagaría a todos un subsidio por producir, sin importar ya ningún precio objetivo ni considerar condiciones de mercado. Se necesitaba abundancia de comida para bajar la cotización. Así nació la política que se mantiene hasta hoy. Subsidiar, repartir dinero. La comida debía ser barata.
Claro que todos los rancheros cultivaron al máximo y aventaron sus productos al mercado sin importar los precios pues cobraban un subsidio del gobierno.
Las consecuencias de aquella decisión han sido muchas:
1.- Washington repartió solamente el año pasado 19 mil millones de dólares para subsidiar la agricultura. Es decir, el equivalente al valor total de Telmex se regala cada año.
Normalmente, cuando se piensa en los agricultores de Estados Unidos tenemos en mente la imagen ideal que nos presentan las películas, de la familia rural que nunca ha salido del condado y se emociona ante la visita al pueblo más cercano.
Pues resulta que hoy, quienes se dedican cada vez más a la agricultura son gigantescas corporaciones. Algunas cotizan en la Bolsa de Nueva York. Han comprado a los granjeros que se transforman en empleados. Veamos el ejemplo de la papa.
Hoy en día pensamos que es muy estadounidense comer papas fritas con hamburguesa, pero hay que recordar que la papa frita viene de Francia. Los soldados estadounidenses la introdujeron en su patria al término de la primera guerra mundial cuando descubrieron en Europa los pommes frites.
JR Simplot es uno de los hombres más ricos de Estados Unidos y controla el cultivo de papa en miles y miles de hectáreas por todo el país. Las transforma en tiras congeladas de papa frita. Simplot tuvo hace 50 años la idea de venderle la papa frita congelada a McDonald's, y como dicen lo demás es historia.
Del precio que se paga por una orden de papas fritas alrededor de uno por ciento es para el agricultor, casi toda la ganancia es para el industrial que transformó el tubérculo en tiras congeladas y para la cadena que las vende.
Aproximadamente 80 por ciento del mercado de la papa frita en Estados Unidos es controlada por tres empresas, Simplot, Lamb Weston y McCain. Un buen ejemplo de un oligopolio. Estos gigantes pueden tomar ventaja de las economías de escala para adquirir el equipo y la tecnología más reciente para impulsar la cosecha de papa en sus propiedades.
En la agricultura se ve el contraste, pues por un lado disminuye el número de granjeros y al mismo tiempo aumenta el área dedicada al cultivo agrícola y se incrementa la producción total de alimentos.
Como la papa, todos los demás productos están muy concentrados en unos cuantos.
Desde luego, ningún congresista se atreve a cuestionar a los subsidios porque ellos a su vez reciben generosas donaciones de los consorcios agrícolas para sus campañas. Por lo tanto todos felices. Los políticos con las contribuciones para sus elecciones y los accionistas de las empresas con un obsequio anual de Washington por miles de millones de dólares.
Además, políticamente se escucha muy bien que Washington subsidia la agricultura y la inmensa mayoría del público ignora que el granjero típico es una especie prácticamente extinta. Por lo tanto, nadie cuestiona ni ataca las carretadas de dinero que cada año se regalan a las corporaciones de la alimentación. Casi nadie sabe lo que pasa y los que conocen el tema se quedan callados.
2.- Todos los países del mundo son inundados por comida barata de Estados Unidos. Lo anterior impide que los agricultores en países subdesarrollados -como México- puedan competir y salir de la pobreza porque Washington apoya a las empresas agrícolas que financian sus campañas electorales.
Un ejemplo que vivimos muy de cerca los mexicanos es con el azúcar y la fructuosa de maíz. La discusión entre los gobiernos mexicano y estadounidense radica en la política agrícola anteriormente descrita.
3.- La gordura estadounidense. Cuando la comida se abarató, los restaurantes tuvieron la opción de bajar los precios o incrementar la cantidad servida. Lo importante era proteger sus ingresos. Si cobraban menos disminuirían sus ingresos. En cambio, si aumentaban el tamaño de las porciones sostenía el nivel de ventas, sus márgenes de ganancias y los clientes se iban contentos pues tenían la sensación de que recibían más por su dinero. Así nacieron las gigantescas porciones que sirven en los restaurantes de Estados Unidos.
La gente no se sentía glotona, pues se justificaba ante sí misma que sólo comía una ración. Por lo tanto, la gente comió mayor cantidad sin sentirse culpable.
La gente considerada obesa hoy es uno de cada tres estadounidenses. La gordura es uno de los más apremiantes problemas que se viven ahí. Por culpa del subsidio a la agricultura también se elevan los gastos en los sistemas de salud pública por atender las enfermedades generadas por la gordura. El problema es tal que la juventud tendrá, por primera vez en la historia de Estado Unidos, una expectativa de vida menor a la de sus padres.
Ya ocurrió en el pasado que un desorden en la producción agrícola provoca graves problemas de salud en Estados Unidos.
A principio del siglo XIX el valle de Ohio dio muestras de su riqueza al producir una cosecha mejor que la anterior. El exceso de grano deprimió sus cotizaciones. El problema se acentuó, pues los agricultores para conservar sus niveles de ingreso incrementaban la producción.
En lo individual tal vez tenía sentido producir mas para recibir la misma cantidad de dinero que antes pero a nivel colectivo era una desgracia. Mayor cantidad de trigo deprimía aún más su precio. Ya no era rentable transportar la cosecha a los centros urbanos en la costa este.
Finalmente se decidió destilar el grano y convertirlo en whisky para moverlo fácilmente. Las bebidas embriagantes eran muy baratas y se ingería alcohol a todas horas. Se acompañaba desde el desayuno hasta la cena con whisky. En los descansos del trabajo, como hoy se toma café, entonces se saboreaba alcohol.
El alcoholismo alcanzó las mismas dimensiones de alarma que hoy la gordura. La forma en que se puso final al problema fue cuando se decretó La Prohibición, con la cual estamos familiarizados por la película y serie de televisión de Los Intocables.
Una solución equivalente sería no permitir que se vendiera comida chatarra y se cerraran todos los establecimientos de comida rápida.
Como vemos, una política económica equivocada puede traer resultados catastróficos en muchos sentidos. A Richard M. Nixon jamás se le ha llamado un populista y sin embargo una decisión que tomó en ese sentido ya vimos el desastre que ocasionó. Ahora sólo imaginemos lo perjudicial que puede ser alguien en una situación de poder que tiene semejantes inclinaciones de tiempo completo.
|