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El crack de 1929
Héctor Amador*
Pocos años en la historia de la humanidad se graban en la mente de las generaciones por la trascendencia de lo ocurrido. Así, 1492 se identifica con el encuentro de dos culturas, 1789 la Revolución Francesa y 1929 la caída de la Bolsa de Nueva York que se inició en octubre hace 75 años y cuyo desenlace condujo a la Depresión.
El desplome comenzó el otoño de 1929 pero se extendió hasta 1932. El índice Dow Jones perdió en ese periodo 89.2 por ciento. Al final de la tormenta, después de tres años, de cada dólar en la Bolsa sólo quedaron diez centavos.
La tragedia que finalmente se produjo tuvo varias causas que hoy, con la ayuda de la retrospectiva, es posible enumerar.
El crédito
Entre 1921 y 1928, en Estados Unidos el ingreso per cápita real aumentó 30 por ciento. La gente se sentía próspera. Había demanda por bienes y servicios y los productores no se daban abasto para satisfacerla. Todo se aceleraba aún más porque en la década de 1920 la gente comenzaba a descubrir el crédito al consumo. Es decir, compre ahora y pague después. Se podía estrenar un Ford modelo T con sólo 20 por ciento de enganche.
La desgracia fue que las personas, en su ignorancia y falta de experiencia, hicieron extensivo el uso del crédito de la compra de un coche a la adquisición de una acción en la bolsa de valores. La inversión en renta variable entonces era un fenómeno relativamente nuevo para el gran público.
Hasta antes de la década de 1920 la gente prefería invertir en bonos. Inclusive el famoso banquero JP Morgan acuñó la frase Gentlemen prefer bonds (Los caballeros prefieren bonos). En un juego de palabras, poco después, Anita Loos escribió una novela titulada Gentlemen prefer blondes (Los caballeros prefieren rubias) que se hizo un éxito musical en Broadway y posteriormente se inmortalizó en el cine con Marilyn Monroe.
Cuando se permite a un inversionista comprar una acción a crédito se le llama cuenta de margen. En esos años sólo se depositaba 10 por ciento del valor y ya era uno poseedor de una acción. Si la cotización subía un poco, entonces las ganancias podían ser fabulosas, fácilmente duplicando o triplicando la inversión original.
En esencia lo que se hace es una apuesta a que la acción suba de precio y que con las ganancias se pague el préstamo.
Esto suena, y es muy atractivo, cuando la bolsa aumenta. Pero cuando cae es una hecatombe. Se puede perder todo el depósito inicial y quedarse con una fuerte deuda.
En 1929 había 1.6 millones de cuentas en las casas de bolsa que operaban en Wall Street, pero cuentas de margen había 600 mil. ¡Casi el 40 por ciento de los inversionistas usaron el crédito para comprar acciones! Se violó de entrada un principio básico de inversión en Bolsa.
Porque en la Bolsa sólo se invierte dinero que tenga uno de excedente y que se pueda dejar a largo plazo.
Lo que hoy es un elemental conocimiento, en esa época se descubrió con una muy amarga experiencia.
A la hora que la Bolsa retrocedió, lo que en un principio pudo ser una corrección pequeña y sin trascendencia, se transformó en una estampida. Todos se vieron forzados a liquidar sus valores simultáneamente. Su límite de crédito se excedía y las casas de bolsa exigían el pago del préstamo. La gente salió a vender.
Ante la falta de compradores, bajaba el precio provocando que otros inversionistas se vieran obligados a rematar sus acciones. Un círculo vicioso. Una bola de nieve que creció y se convirtió en una avalancha.
Algo parecido ocurrió en México en 1987, cuando también, en forma muy irresponsable, se otorgaron cuentas de margen a personas que no tenían ni la más remota idea de lo que hacían.
Churchill, el primer factor
Otra causal fue que en 1925 Winston Churchill era el ministro de finanzas británico.
Entercado en no admitir que la hegemonía de Gran Bretaña pasó y que el imperio naciente era EU, insistió en volver a la relación con respecto al oro y el dólar de antes de la Primera Guerra Mundial.
Fijó el tipo de cambio de una libra esterlina por 4.86 dólares.
El tipo de cambio fue totalmente irreal y las exportaciones inglesas se desplomaron. Se provocó una crisis financiera porque los inversionistas trasladaron el oro inglés a EU en busca de un refugio seguro. Al verse fortalecido el dólar y con un respaldo tan amplio de oro, el resto de los europeos también movieron su oro a EU porque sentían que su dinero estaba a salvo en aquel lugar.
En 1927, se convocó a los banqueros centrales para buscar una solución a la tontería causada por Churchill. Era insostenible la fuga de oro europeo. Se acordó que la Reserva Federal bajara sus tasas de interés y así dejaran de ser atractivas las inversiones en EU y el oro se quedara en Europa.
La Reserva Federal apenas tenía 14 años de existencia en aquel momento y por lo tanto le faltaba experiencia y visión. La tasa de descuento se redujo en Washington de 4 a 3.5 por ciento. Se resolvía el problema de los tipos de cambio, pero al abaratarse los préstamos en EU se alentó el uso de las cuentas de margen y con ello la especulación en la Bolsa. Al mismo tiempo, con tasas reducidas se acrecentó el dinamismo de la economía y aumentaron las ganancias de las empresas y con ello se incrementaron las ganancias en la Bolsa.
Un tercer factor que contribuyó a la caída fue que Washington durante varios años redujo consistentemente los impuestos.
De pronto, las corporaciones tuvieron mucho flujo y se dieron cuenta que donde obtenían más ganancias era financiando las cuentas de margen que pagaban entonces los más elevados intereses del mercado. Por lo tanto, negocios que se dedicaban a la manufactura vieron que sus tesorerías usaban sus recursos para apoyar especulaciones bursátiles.
Un cuarto factor fue la falta de supervisión de la autoridad. No había todavía la Securities and Exchange Comission o su equivalente en México, la Comisión Nacional Bancaria y de Valores. Por lo tanto se pudieron hacer manipulaciones de acciones y fraudes que contribuyeron a complicar el problema.
Aquello era una orgía de dinero fácil y abundante. Todos se volvían millonarios con poco esfuerzo.
Casandra y Baruch
Según los relatos mitológicos, Casandra de Troya recibió de Apolo el don de la profecía. Pero el castigo, por no corresponder a su amor, fue que nadie le creería sus augurios. En aquel momento también hubo Casandras. En marzo de 1929, Paul Warburg, un veterano de Wall Street, advirtió que las cotizaciones estaban infladas y condenadas a caer. La respuesta fue la burla y el desprecio.
Ese mismo mes, el presidente de la Reserva Federal expresó su preocupación por la situación, pero nadie le prestó atención.
Charles E. Merrill, fundador de Merrill Lynch, una de las más importantes casas de Bolsa de Wall Street, aconsejó a sus clientes salirse del mercado de renta variable. Sus colegas le sugirieron ir con un psiquiatra a curarse la locura. En abril de 1929, Dean Witter, otro de los pilares de Wall Street, comentó que la gente compraba acciones sin ninguna consideración ni pensamiento salvo el afán de hacerse ricos instantáneamente.
Bernard Baruch, el inversionista de Bolsa más exitoso (o sea el Warren Buffet o Carlos Slim de entonces) en agosto de 1929, se acercó con su bolero predilecto antes de acudir a su oficina. Mientras le lustraban el calzado, el muchacho le recomendó a su cliente en qué acciones invertir. Baruch consideró que era el colmo y al llegar a su despacho ordenó la venta inmediata de todas sus acciones y comprar oro.
Tiempo después Baruch mismo lo contaba e incluso lo incluyó en su fascinante biografía. Sin embargo, en la década de 1980 se descubrió evidencia que cuando vino el crack de 1929, Baruch seguía invirtiendo fuertemente en la Bolsa.
Finalmente, la desgracia ocurrió el 24 de octubre. Sin razón aparente, ese día dejó de haber compradores. Los precios bajaron fuertemente. El mercado se puso nervioso. Sin embargo, al medio día JP Morgan y otros destacados banqueros mandaron el mensaje de que habían creado un fondo para apoyar la Bolsa. Salieron a comprar y el declive se detuvo. El mercado pensó que sólo fue un susto y que todo se normalizaba.
El 29 de octubre se repitieron las bajas, pero el volumen fue de tal magnitud que nadie pudo pararlo. De inmediato se cancelaron las cuentas de margen y se acrecentó el problema. Como la gente no podía cubrir sus deudas liquidaba su portafolio para recuperar algo y el problema de la Bolsa aumentaba. Todos vendían y ya no hubo compradores. El pánico se apoderó de todos. Había que escapar, pues el barco se hundía irremediablemente.
Los bancos quebraron porque no podían recobrar los préstamos que hicieron. Igual que en México en 1995.
Entre 1929 y 1932 fracasaron más bancos que en los ocho años previos. Las empresas perdieron el dinero de su tesorería que usaron para apoyar cuentas de margen.
Así quedó marcado 1929 en la historia como un año fatídico y el inicio de una terrible debacle para la economía estadounidense que desembocó en la Depresión.
Como en todo gran hecho se tejen mitos y leyendas a su alrededor. Se cuenta que los desesperados inversionistas se lanzaban al vacío desde sus oficinas. No hay evidencia que eso ocurriera.
Al parecer el mito comenzó porque un día Winston Churchill se hospedó en el hotel Plaza de Nueva York y vio a través de su ventana que alguien cayó al vacío. No se sabe la causa exacta para esa desgracia, pero Churchill siempre lo platicaba como una anécdota y de allí se extendió como una creencia que se había convertido en costumbre general arrojarse por la ventana.
También se dice que los industriales quebrados se suicidaron por docenas. Tampoco es cierto. Al parecer, la leyenda se inició cuando Ivar Krueger, el rey sueco de las cajetillas de cerillos (el Bill Gates de su época) se suicidó en marzo de 1932, pero en París motivado por la depresión que le causó el derrumbe del precio de las acciones de su empresa.
Como se ve, la desgracia se produjo por un cúmulo de errores y falta de experiencia. Pero la experiencia no es más que la suma del aprendizaje de errores cometidos.
Visto así, en aquel momento se obtuvo mucha experiencia que probablemente haga muy difícil repetir el crack del 1929 y sus consecuencias.
Pero todo comenzó este mes hace 75 años.
*Analista financiero y economista egresado del ITAM
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