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La Comisión Federal de Competencia cumple 11 años y ese aniversario es un buen pretexto para analizar a la luz del tiempo su actuación, pues la apertura económica representa para México mucho más que la enorme mortandad de pequeñas empresas y el dominio de las grandes corporaciones.
Entre las cosas buenas del libre mercado se encuentra sin duda la creación de la Comisión Federal de Competencia, que se ha anotado significativos triunfos para contener prácticas monopólicas y regular los mercados. Una luz de esperanza.
Y mucho tiene que ver que su presidente se haya mantenido diez años, porque si bien aún faltan muchos mercados por afinar para tener una economía competitiva, podemos afirmar que las bases están sentadas.
Los largos periodos en un puesto no siempre son negativos, lo importante es que exista una visión de largo plazo, alejada de veleidades políticas, que en México tienen duración sexenal.
Una prueba para Fernando Sánchez Ugarte, Mister Regulation, será llevar a buen término el cambiante sector de telecomunicaciones. Y como muchas cosas, la pelota está en la cancha del Legislativo. En este caso, la modificación a dos leyes: la de telecomunicaciones y la de competencia económica.
El Ejecutivo debe convencer, no vencer e imponer su visión a los legisladores. Y debe hacerlo pronto, porque lo que el país no tiene es tiempo.
Otro ejemplo es el espinoso asunto de las pensiones en los institutos Mexicano del Seguro Social (IMSS) y de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE).
Afirmar que esos trabajadores son privilegiados y que el excesivo costo de sus prestaciones es el origen de la debacle financiera del IMSS, es tener una visión miope. Ojalá y todos los trabajadores del país pudieran gozar de ese tipo de prestaciones. México sería otro.
Pero en la crisis que desde hace 27 años vive el país y desde luego la mala administración, los trabajadores aportaron su cuota, que se tradujo en pérdida de poder adquisitivo y reducción de su nivel de vida.
¿Se puede pedir más?
Desde la devaluación de 1977, muy pocos trabajadores pudieron paliar la crisis y si lo hicieron fue gracias a sus contratos colectivos de trabajo.
Si ahora las pensiones del IMSS captan la atención y se oye poco del ISSSTE, Pemex, Comisión Federal y Compañía de Luz y Fuerza, es decir empleados del gobierno, las universidades públicas tienen el mismo problema: el costo de sus contratos colectivos y sus futuros pensionados.
Con un escenario así, sólo alguien que no tenga dos dedos de frente puede afirmar que México es el mejor lugar del planeta para invertir. Incluso la Organización de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo precisó que México tuvo el peor año en captación de inversión extranjera directa: 10 mil 731 millones de dólares.
Pero augura que será la única nación de Latinoamérica que recibirá capitales extranjeros en el corto plazo.
Eso sería positivo si tuviéramos políticas de largo plazo.
Pero el país carece de una política industrial, de capacitación y desarrollo que permita aprovechar las ventajas de la inversión extranjera directa, como explica en entrevista Kevin P. Gallagher, profesor en Economía Internacional en The Fletcher School Tufs University.
Es decir, México no tiene un proyecto de largo aliento y así de poco sirve que México tenga 34 tratados de libre comercio y sea la economía más abierta del mundo.
Seriedad, visión de largo plazo y buena voluntad es lo que hace falta para resolver los problemas, porque el tiempo ya se nos acabó.
Los editores
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